miércoles, 2 de julio de 2008

Investigación en terreno

DIARIO DE UNA CHILENA CONTRATADA POR EL RATON MICKEY

El infierno más felíz del mundo Ex integrante de nuestro taller literario, Claudia Aldana (25) era una egresada más de periodismo y ciencia política hasta que el año pasado decidió hacer un paréntesis en su vida y postuló, se entrevistó y quedó seleccionada en el programa para estudiantes extranjeros del Walt Disney World Resort, en Florida, compuesto por cuatro parques de atracciones: Epcot Center, Animal Kingdon, Magic Kingdom y MGM Studios. Allá, además de estrecharle la mano al ratón Mickey, trabajó, carreteó y conoció de cerca la cara menos inocente del lugar más feliz del mundo.

por Claudia Aldana, desde Orlando.

Viernes 10 de noviembre de 2000
Lenny Kravitz: no en Disneylandia
La primera película Disney que vi fue La dama y el vagabundo. Tenía 15 años y estaba cuidando a mi hermano chico. No me volvió loca ni nada por el estilo, pero cuando vi el aviso en el diario, Disney, jóvenes entre 18 y 25 años, para trabajar en el parque, me pareció una buena excusa para salir de la casa por un tiempo. Recién egresada, sin muchos planes inmediatos más allá de ver tele o salir con los amigos, y bajo la fuerte influencia del video recién estrenado de Lenny Kravitz, "Again", idealicé la posible pega y le puse empeño extra para quedar. Luego de un par de entrevistas en las que me salvó mi inglés Sony, a principios de noviembre del año pasado me encontré arriba de un avión, rumbo a Orlando, a trabajar en Disney. Un par de días después, en un descanso de mis clases de doblado de poleras con mi entrenadora, encerrada en una de las bodega de merchandising, me di cuenta de que el último lugar donde iba a conocer a Lenny Kravitz era la tienda de souvenirs de Epcot en la que me encontraba. Pero ya era un poco tarde para recapacitar. Ahora me sentía obligada a buscarle el lado positivo al hecho de recibir 6 dólares y tanto la hora por trabajar en el lugar más feliz del mundo: el Walt Disney World Resort. No puedo negar que a veces siento como si me hubieran lavado el cerebro y esa sensación no me gusta. Yo estudié periodismo, no educación de párvulos, pero desde que soy un "cast member", el eufemismo que usan aquí para decir "simple empleado", me descubro persiguiendo a cuanto cabro chico veo para preguntarle su nombre y de dónde viene. Ya no puedo evitarlo. Me siento observada, calificada a cada minuto. Me acostumbré a las ardillas, a la música absurdamente dulzona en el aire. Me acostumbré a Disney, al pop corn salado. Me acostumbré a hablar en inglés con gente que nunca más voy a ver, a inventarle una historia distinta a cada una de las personas que atiendo. Porque ésa es una de las bases de nuestra relación con los clientes: hacerse el simpático y hablar hasta por los codos. Así es que después de preguntar de dónde son, me lanzo con algo que me haya pasado relacionado con su pueblo. Algo que, en el 99 por ciento de los casos, es mentira. Nunca en mi vida me ha gustado vender nada. Ni poleras entre las amigas. Pero ahora soy capaz de sugerir con mucho entusiasmo, y por sólo 5 dólares más, un Tigger más grande "que de seguro va a dejar más feliz a su nieta, señora". Yo vendiendo. Sin comisión, pero esforzada. Raro. Vuelvo al condominio y por mi cabeza dan vueltas miles de detalles ridículos que quiero comentar con alguien, pero las cinco neozelandesas con las que comparto el departamento también están atoradas por contar lo suyo. Nunca falta la que está durmiendo y no está ni ahí con que metamos ruido en el living, por eso nos movemos con la radio y las galletas al balcón, a mirar vecinos o a fumar un cigarro en nuestro departamento para no fumadores. Esperando que llamen para avisar en qué edificio es la fiesta en la noche. Orlando, domingo 26 de noviembre de 2000 Mickey Mouse es chileno Los que todavía crean en el Viejo Pascuero, no sigan leyendo. Porque Mickey, el ratón más sobrevestido de la historia, es chileno. Así, tal cual. Ahora tenemos otro motivo de orgullo además del chaleco más grande del mundo en el museo de La Ligua. Tenemos a Mickey Mouse. Cristián es chileno, no debe medir más de un metro cincuenta y tantos y es uno de los que se disfraza del célebre ratón aquí en Disney World. El día de las entrevistas de trabajo, en Chile, un gringo aseguró que él iba a quedar aunque no hablara inglés. Yo pensé que era humor yanqui para distender, pero no; apenas llegamos a Orlando, mientras al resto lo mandaban a las cocinas y tres o cuatro nos librábamos de transpirar con olor a pizza, Cristián recibió trato de estrella. El iba a ser "character" ("personaje"). De acuerdo con el estándar que manejan en la sala de disfraces, él calzaba justo para ser nuestro jefe. Y ahí empezaron los privilegios para el ratón Mickey chileno. Mientras todos los demás pasamos dos días en clases, de 7 de la mañana a 6 de la tarde, en la Disney University (en mi caso, para aprender a manejar una caja registradora y a cómo tratar al amigo cuando es forastero, anda turisteando y tiene los bolsillos llenos de dólares), él tuvo horarios mucho más relajados y sus clases consistieron en aprender a firmar como Mickey y otro par de monos, en caso de que le tocara cubrir a alguien. Porque otro de los negocios es venderle a los niños "libros oficiales" para los autógrafos de los monos y "lápices oficiales" para firmar. La regla es que ninguno de los peluches gigantes se pasea por el parque con algo en la mano o en los bolsillos. En resumen, Cristián no tiene que trabajar tres horas para que le den un descanso, como el resto de los mortales aquí en Disney. Los personajes hacen un "set", salen a saludar, posar y firmar libros durante media hora y luego entran y descansan. Después a veces los trasladan a los hoteles Disney, donde descansan al llegar, se visten, descansan y salen de nuevo otro ratito. En total, a Cristián le pagan ocho horas y trabaja como tres. Es cierto, el disfraz debe pesar y a veces les da calor, pero no es hediondo ni nada. Le pagan por suplantar al jefe. Cristián no es el único. Conozco a la polola de un amigo brasileño que también es Mickey, aunque a veces es Pinocho, y dice que son más de diez los Mickey en cada parque. No importa, igual uno de ellos es chileno. Debe ser raro que de ser toda tu vida conocido como el chico o el enano, de un día para otro te encuentres en otro país con una manga de gente haciendo cola para sacarse una foto contigo, o que te aplaudan a rabiar sin haber hecho nada más meritorio que medir poco. Pero estamos en Disney y estas cosas pasan. Te pagan por ser pintamonos, chico, o como metralleta para hablar (mi caso). A veces me pagan por saludar todo el día. Me paran en alguna parte de Epcot y saludo, saludo, saludo. Todo el día. Lo extraño es que Cristián, en el avión a Orlando, era piola, con la guitarra a cuestas, típico chico de fogata playera. Acá nuestro Mickey es el patas negras de una gringa casada, bastante regia, que entra y sale del departamento del chileno a horas bastante poco Disney. Y Cristián-Mickey sale a dejarla al auto, como buen galán, y le da un tremendo beso antes de que la gringa parta, muerta de la risa. Igual todos comentamos que entre tanta aventura amorosa, se está poniendo barsa y canchero. Cuando Minnie se entere... Orlando, lunes 11 de diciembre de 2000 Tengo una idea para una teleserie Esta vida en Disney es demasiado televisiva. No me sorprendería que hubiera cámaras ocultas grabándolo todo, porque con todo lo que pasa acá cuando los parques cierran, Aaron Spelling tendría material de primerísimo nivel. Aunque aquí nadie caza vampiros ni le pone bombas a Amanda Woodward, creo que Chatam Place (Chatam Square es el nombre de mi condominio) u Orlando 32831 tiene potencial. Tenemos de todo: parejas multirraciales, un chileno que pololea con un gringo que de día trabaja disfrazándose del príncipe de Cenicienta, fiestas en la piscina, relaciones que empiezan y terminan sin que uno alcance a darse cuenta. Este tremendo paréntesis que significa Disney para todos los que estamos trabajando acá, lejos del país de origen y viviendo con gente de todo el mundo, te da una sensación de libertad para hacer lo que jamás harías en casa. Nadie te controla, nadie sabe quién eres. Nadie te pregunta, tampoco. Quizás por eso es que cada condominio son tres: Chatam Square, The Commons, que queda a cinco minutos del mío caminando, y el legendario Vista Way es un mundo propio con las tremendas historias también. Los de Commons, nuestros vecinos, son los que se quedan por un año trabajando y hacen unas fiestas increíbles. El primer viernes de cada mes organizan las "fiestas porno". Pegan carteles en los condominios avisando en qué departamento va a ser y hay que partir liviano de ropa (onda una bata o una toalla), porque para entrar hay que hacerlo en pelotas. Y no se admiten mirones. También hay fiestas más inocentes, como las que hay que ir disfrazado de niño. Pero las porno son las que la llevan. Para empezar, si uno no vive en los condominios de Disney, solo puede entrar autorizado por la gente de Seguridad, que exige que alguno de los que vive adentro firme un registro de visitas donde se compromete a asegurarse de que la visita va a estar fuera antes de las 2 de la mañana. En caso de incumplimiento, el garante es expulsado del condominio y de su trabajo en Disney. Ahora, si uno vive en los condominios puede entrar y salir de cualquiera sin problemas, pero con el mismo límite: 2 AM. A esa hora Seguridad llega a avisar que las visitas se acabaron. Lo entretenido, por cierto, es tratar de quedarse sin que te pillen. Porque obviamente, las fiestas a esa hora recién están empezando. Sobre todo las porno, ya que la gente que trabaja en Epcot sale cerca de la medianoche. Y por otro lado, nadie se saca la ropa por solo una hora. Al llegar, la música se oye fuerte y hay mucha gente en las escaleras. Todos se fijan en quién entra y quién no, pero siempre con una expresión cool de desinterés. En la entrada, una francesa bastante dotada da el tono de lo que va a ser la noche: hay que sacarse la ropa de una y dejar la toalla en el sillón que bloquea la puerta de la cocina. Nadie te obliga o te apura, pero si alguien entra y demora más de la cuenta en desvestirse o se queda mirando al resto, es invitado a salir del departamento. La francesa de la puerta está disponible, eso es obvio. Anda paseándose con una botella de salsa de chocolate para el que quiera embetunarla y hacerse cargo. Es increíble verla así. Me la he topado en el parque y estoy casi segura de que es la polola de uno de los franceses que miro siempre. Como chilena que soy, la ubico porque le envidio el pololo. La música (tecno, como de costumbre) está a cargo de uno de los muchos dejotas que viven en los condominios. Y aunque se supone que la buena onda es norma entre todos los que vienen, un brillo de tensión se adivina en las miradas. No es fácil mirar a los ojos en estas condiciones. Como tampoco bailar cuando sabes que hay partes vitales de tu cuerpo subiendo y bajando al compás de la música. A fin de cuentas, estamos en pelotas en medio de un living de alguien que nadie conoce. Y por eso, supongo, el alcohol está obligado a subir más rápido a la cabeza. La fiesta se acaba a la misma hora que las otras, tipo cinco o seis de la mañana, con la diferencia que acá se arman un par de malos entendidos por la desaparición de algunas toallas. Es cierto, está heladísmo. Este es el invierno más helado de Orlando en los últimos 20 años, por eso no es ninguna gracia quedarse sin nada con qué taparse para volver a la casa. Lo difícil es pensar que al día siguiente hay que tomar el bus de vuelta al parque y ver con ropa a algunos de los que fueron a la fiesta e intentar olvidar que ya los conoces demasiado. Por su parte, Vista Way fue el primer condominio que Disney compró para sus programas con estudiantes. Allí viven los gringos y un par de colados que no caben en los otros condominios. Vista es legendario porque es el más grande y casi todos los buses parten de ahí. Además, porque hace tres años apareció en la revista Playboy en un reportaje sobre los lugares donde había más sexo por hora en Estados Unidos. Vista Way quedó en tercer lugar y se pasó a llamar "Vista Lay" entre la gente que trabaja en Disney. Puedo dar fe de que no es mito urbano. Uno de mis amigos en Vista me mostró la revista. Era su amuleto. Según él, le dio el empujón necesario para venirse a trabajar acá. Cada vez estoy más convencida que la gente que vive en Vista se toma a pecho eso de mantener el mito. En todas las fiestas hay alguien que te lo cuenta, y ya no sé si es la excusa para llevar la conversación al tema sexual o si la gente que vive ahí tiene como secreta misión mantener esa fama. Ir a una fiesta allí puede ser hasta peligroso. Las jaleas de vodka andan por todas partes, igual que el extasis, la droga favorita entre los "cast members", porque no deja olor ni hachazo al día siguiente. Los departamentos parece que fueran a explotar y se ve demasiado gringo con cámara en mano. Minas en topless o abrir la puerta del baño y pillar a una pareja adentro no es raro. Claro que apenas son las siete de la mañana o antes, todos se ponen la ropa y parten a ponerle la cara a la gente que viene desde todo el mundo al lugar más feliz del mundo. Sin olor a trago, esperando que se cumpla la hora para hacer "clock out" y virarse a dormir la mona. Hasta que se arme otra fiesta. Chatam Square, el condomino que me tocó a mí, también tiene sus desórdenes. Además de los romances entre departamentos, que una semana después te enteras que ya no existen o que ni siquiera fueron romances, nuestras fiestas diarias y otras (las del ridículo, las de la piscina o las de ir con el disfraz de trabajo, por ejemplo) son increíbles. De una fiesta en mi departamento puedo contar que vi a mi amiga china atracar con dos tipos: una vez la vi entrando al baño acompañada y al rato la vi saliendo del departamento con otro. Demasiado bien acompañada. La misma que dos semanas antes me había contado que su primer beso había sido acá en Chatam. Tenía 22 años. Orlando, miércoles 6 de diciembre de 2000 Los brazos y el cuerpo dentro del carro Antes de ponerse en la fila para el "Space Mountain" o el "Splash Mountain", en Magic Kingdom, hay que pensarlo dos veces. A menos que tengan un buen abogado gringo. Como trabajo para el resort que invierte más plata en medidas de seguridad, cuando recién llegué me inscribí en unos tours que hacen para "cast members" y donde te muestran que la seguridad acá es infalible. Otra idea del lavado de cerebro que, después descubrí, era mentira. A las dos semanas de trabajar en Disney, una de mis compañeras de departamento, la que maneja un bote en "Jungle Cruise", me contó que ese día se había producido un accidente grave en Magic Kingdom. No sabía muy bien qué pasó, pero al día siguiente ya todos teníamos la versión. No es oficial, porque Disney se aseguró de que no trascendiera a la prensa. Y no salió hasta ahora. Por contrato, tenemos prohibido hablar cuando pasa algo así. Lo que pasó fue que en el "Splash Mountain" se murió un visitante con síndrome de Down. Cuando uno se sube a los carritos de esta montaña rusa acuática, te aseguran hasta las malas ideas con correas por todos lados. Pero el carrito empezó a andar y esta persona, de 23 años, se asustó, aunque todavía no empezaba la parte fuerte del paseo. Ante su desesperación, su mamá le dijo que un poco más allá se podía bajar, pensando en hacerle señas a alguno de los "cast members" para que sacara a su hijo. El asunto fue que esta persona discapacitada entendió mal y se trató de bajar. Con la excesiva fuerza que debe haber tenido, levantó el fierro y trató de bajarse en una de las islitas falsas que hay al inicio del paseo (en la parte plana del recorrido), pero no alcanzó a hacerlo y saltó en una de las subidas abruptas del juego. El carrito le pasó por encima y se murió. No sé si la culpa fue de Disney, porque acá no se respetó las órdenes de seguridad que imparten cuando uno se sube. Pero la plata corrió igual para silenciar a la familia de la víctima. En cambio, el accidente de "Space Mountain" fue claramente negligencia de Mickey Mouse y sus empleados. Cuando uno recién llega a trabajar a Disney, te cuelgan de la placa de identificación una cinta roja que dice "ganándome las orejas", para que ante cualquier error cometido nos saquemos el pillo con eso de que estamos aprendiendo. Dura dos o tres semanas, hasta que tu instructor te toma un examen y te aprueba o reprueba. En caso que te vaya mal, se extiende el entrenamiento. No te echan. El caso es que uno de los "ganándome las orejas" estaba aprendiendo a manejar los sistemas de seguridad del "Splash Mountain", que también se suponen infalibles. El instructor le estaba enseñando a aflojar los anclajes de resguardo desde la cabina de control, cuando el paseo se acaba, para que las personas se bajen y luego esos carros vayan a buscar más gente que está esperando para subirse. Pero el alumno se anduvo poniendo nervioso y apenas desaseguró los carros, justo cuando se iba bajando una señora cuarentona, él volvió a bajar los seguros. Resultado: la señora perdió una pierna. Historias como estas no son pocas, de hecho parecen demasiadas en un parque que cobra casi 30 lucas diarias por entrar y que se jacta de ser el más seguro del mundo. Estas dos son las que yo sé que son ciertas, porque cuando algo así pasa se sabe entre nosotros, pero no sale a la prensa. La gente que lleva más tiempo se llega a atorar cuando le pides más historias, siempre bajo la promesa de que no se te vaya a salir. Digamos que crucé los dedos mientras firmaba el contrato. Orlando, 22 de diciembre de 2000 Haciendo más rico a McPato Los buses que nos llevan gratis a todos lados son como los que en Chile pasan por ejecutivos o "semicama", aunque los viajes aquí nunca duran más de 30 minutos, porque se cuidan muy bien de no sacarnos del perímetro de Lake Buena Vista, es decir, lo que es propiedad de Disney. El trayecto más largo es al supermercado. Yo voy los lunes, que por lo general es mi día libre. Llego a las 10 AM a Commons, porque ese día regalan desayuno gratis en el clubhouse, agarro un muffin y un café y espero el bus, que aparece siempre a las 10.10. Así es que después de terminar, se parte a Wall-mart. Como el bus parte cada una hora, se puede optar por correr la maratón de compras y en 40 minutos terminar, para pasar 20 minutos entre colas y alcanzar a tomar el de vuelta a Chatam; o bien se puede tomar el paseo en la turística y recorrer con calma los pasillos que en la primera visita me tuvieron atrapada por cuatro horas. Venden hasta pistolas. Una amiga chilena usa el Wall-mart como cuartel central para conseguir citas. Arreglada como si fuera de noche, se sube al bus y pasa lista. Sus víctimas favoritas son los italianos o franceses. Escudada detrás de anteojos oscuros, "la Bolocco" (en Chile tiene un pololo argentino con el que lleva dos años) empieza a evaluar el mercado. Y mientras echa comidas congeladas de 75 centavos al carro, se dedica a engrupir. Parte con miradas y a la vuelta siempre tiene alguien que le cargue las bolsas hasta el departamento. En la billetera anda con papeles con su teléfono anotado, que reparte como panfletos, por lo que siempre va a saber dónde es la fiesta de la noche. Nunca se vuelve sentada sola en el bus. Cuando recién llegué, pensé que Disney era muy amable al llevarnos hasta al supermercado en esos buses gratis. Después entendí: podemos pagar hasta con el cheque del sueldo (ese que nos entregan cada jueves), aunque esté nominativo, y te entregan el vuelto. Claro, Disney es el dueño del supermercado... y éste es uno de los más caros. Así la plata parece no salir nunca de propiedad Disney. Lo más lejos que llega es hasta Wall-mart, pero igual se devuelve a Lake Buena Vista. O sea que al final esto es como una oficina salitrera: me pagan con fichas para ir a la pulpería. La idea es la misma. Rico McPato también vive en Disney. Orlando, 5 de enero de 2001 Marcos A Marcos no me acuerdo haberlo visto antes de llegar a Orlando. Ni en el aeropuerto, el avión o la aduana. Tampoco tengo claro cuándo nos hicimos amigos, lo único que sé es que ya en la primera semana estábamos sentados en mi balcón con un ron cola en la mano, imaginando la productora que íbamos a armar juntos cuando volviéramos a Chile. La idea era ahorrar todas las semanas parte del sueldo y comprarnos una cámara digital para ir grabando nuestra pega en Disney. A los pocos días nos enteramos en forma brutal que está prohibido andar con cámaras de video en el bolsillo. Yo lo fui a ver a Magic Kingdom y le sacamos una excelente foto a un Pinocho sin cabeza, fumando. La máquina me la quitaron y me perdonaron por ser nueva (mal que mal, aún estaba "ganándome las orejas"). Si no, el ticket de vuelta a Santiago se adelantaba para el día siguiente. Así empezamos a hacernos amigos. Yo lo ayudé a estudiar cuando tuvo que dar su examen para sacarse la cintita roja de recién llegado. Tenía que aprenderse el libreto (bromas incluidas) del "Jungle Cruise", porque era "skipper": manejaba uno de los barcos. Marcos tiene una vida armada en Chile: polola de la que está enamorado, familia, estudios sin terminar. Se suponía que una vez cerrado el paréntesis Disney, agarraba sus cosas y partía de vuelta a Chile; pero cada día que pasa, Chile se ve más difuso para el "skipper" chileno. Desde hace un tiempo, ya tiene llave de mi casa. Para Navidad colgó un calcetín acá y recibió y entregó regalos como si viviera acá. Se las ganó a pura talla y las neozelandesas lo adoptaron. Entre tanta fiesta o comida en la casa, mi compañera de pieza, Dan, empezó a mirar con otros ojos al chileno. Y aunque Marcos siempre hablaba de su polola, el chispazo fue harto fuerte. Así empezaron a andar juntos para todas partes, en plan de amigos. La Dan es la clásica mina cuica. Clasista, no le gustan los maoríes (aborígenes de su país) y cada vez que salimos al mall, hace zumbar la tarjeta que le dio su papá. Se reconoce esnob y está orgullosa de ser de "Central", que es un barrio de Auckland bastante cuico por las reacciones que despierta cuando se menciona entre neozelandeses. Pero es adorable, tiene cara de ángel y siempre anda riéndose del mundo con su ironía disfrazada de inocencia. Un día Dan andaba insoportable. Le pregunté qué onda y no tuve respuesta. Raro, porque en el tiempo que llevábamos viviendo juntas, nos habíamos hecho muy amigas y nos contábamos todo. Esa noche había una fiesta en nuestra casa, por lo que Marcos fue a ayudar a correr los muebles y a instalar las luces y todo. Me fue a alegar que Dan andaba demasiado idiota y yo seguí sin entender nada. Resultado: al final de la noche, Dan se le declaró. Marcos empezó a cambiar de a poco. Se encandiló con la vida fuera de Chile. De un día para otro llegó a avisar que ya no había productora. Ahora los ahorros iban destinados a buscar vida nueva en cualquier parte. Y en eso está, postulando a que le den visa en Nueva Zelandia. Juntando los dólares para empezar lejos. Lo de él y Dan no siguió. Hubo demasiados malos entendidos, peleas, enredos, cartas y papelitos escritos en prosa alcoholizada que aparecían en la cama de Dan o en la de Marcos. Su historia fue intensa, pero se acabó sin que ninguno de nosotros entienda mucho por qué. Miro fotos y se ven bien. En las fiestas me ponen al medio, porque no pueden estar juntos en el mismo grupo. Ahora Dan dice que no puede mirarlo a los ojos porque le duele, porque sabe que igual hay posibilidades de que las cosas se arreglen. Claramente, esta historia continuará en Nueva Zelandia. La mía, en Disney, termina el 27 de enero. Ese día, el paréntesis quedará cerrado.

Investigación en terreno

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Werne Núnez salió del colegio hace 10 años. Aprovechándose de su
cara de bebé, volvió por tres semanas a cuarto medio en un liceo de hombres de Providencia. Estuvo de incógnito, se hizo de amigos, fumó cigarros a la salida y volvió a hacer gimnasia. Con la venia de las autoridades del liceo, ni su inspector ni sus profesores ni sus compañeros supieron quién era. Hasta que lo descubrieron.

Por Werne Núñez


Día 1. Martes 28 de marzo
Celular salvador
9:14 A.M.: Lo primero que me preguntó Andrade fue mi nombre y de dónde venía. Lo
segundo que me preguntó Andrade era si fumaba.
¿Marihuana? Sí, igual que tú no más.
Ah, me dijo más en confianza.
¿Por qué? ¿Movís?
De repente. Cuando querái me avisái.
Llevaba una hora en el colegio y ya conocía al dealer del lugar. O al que se las daba por lo menos. Andrade se me había acercado y presentado solito. Andrade es choro, de los que no usan chaqueta, se sientan atrás y le discuten al profe. Después de decirme su nombre, me interroga. Otro par de compañeros se acercan y me miran con cara de buena onda.
¿De dónde venís?, fue lo primero en decirme.
De Viña.
¿Y de qué colegio?
De ninguno.
El plan de volver a clases es comparar a mis nuevos compañeros con los que había tenido alguna vez. Así que les dije lo mínimo: que tenía 19 años, que había repetido un par de cursos en la básica, y que el año pasado había dado exámenes libres porque me dedicaba a hacer cortos.

El inspector me llevó a tomar electivos. Mi primera clase fue literatura. En la sala, el profe Gallardo después de 10 minutos pasando lista y de 10 minutos haciéndonos callar (no me acordaba de lo ruidosas que eran las clases) sacó una guía tipeada en papel roneo y empezó a leer un poema que se llamaba Estar vivo. Estar vivo, para el autor, era muy parecido a
estar muerto. Algo penoso, depresivo, y hablaba de cosas como la eterna lucha, la espera, las sombras de las sombras y los temores. Parecía carta suicida. Gallardo, que era viejo con pinta de jubilado recontratado, le preguntó al curso de qué hablaba el poema.
Parece un canto a la esperanza, dijo uno.
El autor está inspirado en la alegría de vivir, dijo otro.
Y un tercero, para quedar bien, salió con otra:
Se parece a Gracias a la vida.
Ver a un profe enojado con la estupidez de sus alumnos y un montón de tipos reclamándole
por todo, con amenazas de poner unos y anotaciones negativas, es algo que me había perdido por mucho tiempo. Estaba en eso cuando salió uno que dijo que le parecía un poema escrito por alguien que se quería morir. El profe lo felicitó, pero cuando los mismos que estaban molestando le dijeron que le pusiera un siete, Gallardo se volvió a enojar.
¡Todavía no estoy tan viejo como para que un alumno me diga lo que tengo que hacer como profesor! ¡Yo soy el profesor y yo sabré si le pongo un siete o no! Además, todavía no me jubilo, aunque han querido que me jubile por ahí. ¡Pero yo me voy a quedar hasta que me echen, aunque les moleste a algunos!
Al final, cuando todos cacharon la onda del poema y empezaron a hablar el mismo idioma, la cosa se calmó un poco, y el profe dijo que no se sentía muy bien, y que había amanecido mal de la guata.

10:35 A.M.: Néstor Ansaldo, el profe de Lógica, usa una barba bien recortada y se rasca la pera como todos los profes de filosofía y lógica que conozco. Este parece un mal día para entrar a clases, porque Ansaldo nos dice que toda la materia que había pasado hasta ese día no servía. Que como él era nuevo, el departamento de filosofía le había impuesto pasar
lógica formal, y que él estaba obligado a acatar la decisión. Esto lo repitió como tres veces y parece que le afectaba de verdad. Aunque lo cierto es que al curso no le podía dar más lo mismo. Mejor todavía, así entraba menos para la prueba.
Ya me estaba lateando de sentarme adelante en la sala y de estar solo, cuando sin avisar ni nada Carreño se me sentó al lado. Carreño era el negro del curso, el desordenado, que se peinaba despeinándose, usaba collar de conchitas y andaba con la camisa afuera. Me saludó y se sentó, así de simple. No me preguntó nada y yo tampoco le dije nada. Todo iba bien hasta que, mientras el profe hablaba, sonó el celular. Era el de Carreño:

Aló, sí, hola. Sí, en el colegio. No, no. Cuéntame. Ah, qué buena onda. Ya, chao. Sí, yo también te quiero, chao.
El profe se paró al lado a mirarlo con cara de odio y mientras todos se reían, el Carreño lo apagó. El profe le advirtió que si lo hacía una vez más lo echaba de clases, y el Negro le dijo que estábamos en la era digital y que el celular era algo cotidiano. Puras risas.
Soi caradura loco, le dije.
Es que era mi polola que me llamó pa contarme que el test de embarazo le había salido negativo. Menos mal.
¿Cómo? ¿Y estabas tan tranquilo?
Sí, es que lo compramos anoche, pero le dijeron que era mejor hacerlo en la mañana.
No podía contarle que yo era papá y que justamente lo era por un condoro de ese tipo. No podía. Pero igual traté de enviarle un mensaje, fruto de la experiencia.
¿Y por qué no usan condón?
Es que no me gusta y a ella tampoco.
¿Y tu mina no se cuida, no toma pastillas?
No, dice que se pone gorda y que le salen pelos.
Pero, ¿qué preferís? ¿Andar con una mina gorda y peluda o andar cargando un cabro chico a los...? ¿Qué edad tenís?
Diecinueve, ¿y tú?
Diecinueve también. Y ¿qué preferís?
Una guatona peluda, en todo caso.
Y nos pusimos a reír. Me cayó bien el Carreño. Aparte de que era de los más viejitos, tiraba chistes en todas las clases. Después me contó que había repetido dos veces. Me recordaba a mis viejos amigos, pero más flojo.
Al final de la clase de lógica, y después de aprender la diferencia entre juzgar y razonar y reconocer la esencia de la cosa, el profesor le encargó a uno de los chicos que hiciera una lista de los presentes y que los que no quisieran seguir con él en el electivo pusieran me cambio al lado de su nombre. Era la última oportunidad. Casi todos se cambiaron.

Día 2. Miércoles 29 de marzo
Chaparra para dos
7:30 A.M.: Afuera del colegio hay una placita que da a Providencia en la que se fuma y se conversa antes de entrar a clases. Yo saqué unos Luckies que andaba trayendo en la mochila y me quedé esperando a que dieran las ocho. Me estaba aburriendo cuando vi llegar al Carreño con otros compañeros. Me saludó y me presentó al montón que no me dio
mucha pelota, hasta que saqué mis cigarros. Les di a todos, y más encima, se los encendí con un Zippo. En ese momento me relajé. Más que responder preguntas, comencé a hacerlas. Le pregunté al Negro y su grupo, entre los que estaba el Gato, el Caro y el Jamón Palta, sobre quiénes eran los nerds del curso, quiénes eran los malos, cuáles eran los profes mala onda y qué tal estaba la profesora jefe. Todos opinaron, y me dijeron que me esperara un rato, que en la primera hora iba a conocer al más perro de todos los profesores. También me contaron que la profesora jefe estaba muy rica. La iba a conocer recién el lunes.
Entramos.

8:09 A.M.: Llegó Maldonado, el profesor de Historia. Usaba un terno gris, unos grandes lentes ópticos fotocromáticos y tenía la boca en diagonal, que lo hacía murmurar en vez de hablar. De hecho, le decían Murmullos. Cuando se enteró de que había un alumno nuevo
dijo qué extraño, porque legalmente no se puede tener un taller con 47 alumnos, voy a averiguar eso. Todo con un sonsonete semejante al ruido que hacen los patos. Fue lo primero y lo último que me habló en más de seis clases.

9:20 A.M.: En el recreo invité al Carreño a tomarse un café al kiosko, pero no me pescó. Nadie toma café en el colegio, parece. Lo top es comprar chaparritas, que es una masa de milhojas aceitosa rellena con una vienesa y un poco de queso. Costaba $400 y había que
comprarla a medias. A mí no me tincó, y me tomé un café de todas formas. El Carreño nunca andaba con plata, así que le compré una Coca enana y de ahí no paré de comprarle cosas el resto de los días.
Cuando llegué a la sala, estaban todos con cara de fusilamiento porque había prueba de química. La habían adelantado. Yo igual quería quedarme, así es que me presenté al profesor y le dije que era nuevo, pero que quería dar la prueba. Después de saludarme como militar, habló tres palabras con el profe que repartía las pruebas y me dijo que no, que
mejor me fuera, que hablara con el inspector y que me dejaría salir. Plop. Me fui. Y me quedé con las ganas de invitar al Carreño y su grupo a tomar unas cervecitas a la salida.
Para otra vez sería.

Día 3. Jueves 30 de abril
Popular
8:00 A.M.: En estos diez años sin uniforme había olvidado que el esfuerzo de tomar una micro iba más allá de levantar una mano y tener monedas en la otra. Uno puede ocupar todas las técnicas posibles (mostrar billetes cuando el bus se acercaba, esconderme detrás del paradero, sacarme la corbata, esperar el semáforo en rojo) y aun así nunca te paran. Hoy
tuve suerte. Me paró la micro. Me fui en una de esas que tienen tres puertas. Nos fumamos unos cuantos cigarritos en la plaza (la mayoría míos, por supuesto) y entramos. Le pregunté al Carreño cómo era la profesora de Economía, y me dijo que era de las buenas, y que era
media comunacha, que de repente salía con discursos en los que les contaba que era hija de obreros y que con estudio y trabajo se había superado, y otras frases por el estilo. Para ese día les había dado una tarea que consistía en responder la pregunta ¿Qué hará Lagos para
mejorar la productividad? Ninguno de los del grupo del Carreño la había hecho. Ni el Caro, ni el René de la Vega, ni el Gato, ni el Jamón Palta, nadie. El Jamón Palta era un tipo especial. Vivía en Peñaflor y era hiphopero. Usaba arito, una chaqueta de buzo debajo de la
de colegio y los pantalones dos tallas más grandes, para que le quedaran a la mitad de la raya y se le vieran los bóxers. El Carreño, cuando me lo presentó, me dijo que tuviera cuidado porque era lanza. En broma eso sí, porque ellos dos eran bien amigos. Hacían todo lo que hace la mayoría de los buenos amigos: se insultaban, el Carreño le decía puta a la
mamá del Jamón Palta y éste le decía perra a la polola del otro, se tiraban las corbatas hasta que el nudo quedaba ínfimo, se pateaban, se punteaban, se tiraban papelitos mojados con el tubo de los Bic y se escondían los cuadernos, previo dibujito clásico en la primera hoja.
Eran amigos de verdad.
La clase de Economía fue potente. La profesora explicó el proyecto de ley del seguro de cesantía, y cuando después preguntó si alguien tenía alguna duda, nadie dijo nada. Excepto yo.
Profesora, ¿cuál experiencia es más aplicable en Chile, la europea o la norteamericana?
Mmm, ¿cómo?, repíteme por favor.
Que cuál experiencia, la europea o la norteamericana, es más fácil de aplicar acá en Chile.
Bueno, se están analizando las dos. ¿Quién eres tú?
Soy el alumno nuevo.
Lo cierto es que lo de las experiencias se me acababa de ocurrir. En el colegio, cuando iba en cuarto medio, siempre preguntábamos mentiras, sólo para saber qué hace un profesor cuando no sabe algo. Les preguntábamos por batallas falsas, personajes inventados y
lugares de mentira, y créanme, siempre tenían una respuesta para todo. Ahora igual. Pero a la profesora parece que le gustó tener un alumno nuevo tan participativo. Ojalá que se quede en este curso, sería un aporte, me dijo. Me amó. Se me acercó el Gutiérrez, que era un flaco que usaba frenillos y se peinaba con gomina y me preguntó que si yo era siempre
así. Le dije que no.
9:15 A.M.: En el recreo nos juntamos con el Carreño, el Caro y el Jamón Palta y nos fuimos a comprar una chaparritas con Coca Cola. Yo me tomé un café. Nos quedamos en el patio esperando que llegara el profesor de matemáticas, pero no llegó, así que Carreño se consiguió una pelota con el profe de Educación Física y se pusieron a jugar a mantener la
pelota en el aire, y al que la tiraba lejos o se le caía, todos le pegaban una patada. Yo me quedé apoyado en la pared, tomándome el café, pero la verdad es que me estaba haciendo el leso. Soy demasiado malo para la pelota, y no quería quedar de nerd con los más carreteros
del curso. Me estaba yendo a la sala cuando el Carreño me invitó a jugar con ellos. Le dije que no tenía ganas, pero me insistió. Y ahí estaban los diez tipos más malos del curso esperándome. Tuve suerte: la pelota nunca me llegó y lo único que hice fue pegarle patadas a tres compañeros. Nada une más a los estudiantes que jugar a patearse. Yo ya era uno de ellos.
10:04 A.M.: Me habían dicho que la profesora de castellano se parecía a la sargento Moss de Locademía de Policía, pero no pensé que tanto. Era igual: chica, con carita de mono y con un agudo e insoportable timbre de voz. Ese día teníamos prueba del libro Coronación, de José Donoso, pero la postergamos indefinidamente. Al final, nunca la dimos. De repente,
y a pito de algo que no tengo muy claro, la profe se puso a hablar sobre el entendimiento entre las personas y sobre el poco respeto que los jóvenes tenían por el resto. En eso entró a la sala el Leal, un tipo que había optado por su walkman en vez de comunicarse con la sociedad, y que por lo mismo, no molestaba a nadie. Venía atrasado.
¿De dónde viene usted?, le preguntó la profesora.
Usted me dio permiso, le respodió el Leal.
¿Y por qué me contesta así? ¡Tan agresivos que están los jóvenes hoy en día, andan siempre a la defensiva!
A esa altura, ya nadie entendía nada. De José Donoso nos pasamos a una discusión generacional en menos de un minuto. Pedí la palabra.
Profesora, llevo sólo tres días en el colegio, y en realidad he visto mucha gente agresiva y frustrada...
Claro que sí, me dijo poniendo cara de agradecida conmigo.
...pero son los profesores.
Golpe bajo, pero lo disfruté. La profesora me interrumpió al instante diciéndome que yo no podía generalizar, que todos los profesores no eran iguales, que no nos conocíamos y que a pesar de todo lo que yo pensaba, ella tenía la mejor disposición conmigo. Al mismo tiempo yo gritaba que no había redondeado la idea y el resto del curso le decía a la profe que me
dejara hablar. Tuvo que hacerlo.
En todo caso, le dije, se justifica tanto que los profesores sean frustrados como que nosotros los alumnos andemos a la defensiva. Ustedes tienen una rutina que mata, hablan delante de más de cuarenta cabros chicos que no los escuchan y más encima les pagan poco. Es lógico.

Pero piense en nosotros, que nunca podemos ser ni hacer lo que queremos abiertamente. Si el Leal le hubiera dicho que llegó atrasado porque se estaba fumando un pucho en el baño, usted seguramente lo habría castigado. Y así andamos todo el día y todos los días, actuando
delante de los viejos y delante de los profes, sin poder contarle a nadie que fumamos, que tomamos o que nos acostamos con la polola. Es lógico también que andemos a la defensiva.
Vino un silencio fugaz y estaba listo para los aplausos, pero tocaron el timbre y la profe prefirió pasar materia: el uso de la coma. A los días me enteré que la señora había empezado a averiguar mis antecedentes en la dirección y que le comentó a mi profesora jefe que el chico nuevo era muy grande para el curso y que debería estar en la nocturna.
12:30 P.M.: Después de una larga hora de Historia con Murmullos nos tocaban dos de biología. Con el Negro Carreño y el Caro nos daba lata quedarnos y decidimos escaparnos.
Había que hacerlo por la puerta de atrás, que era más chica, aprovechando que otros cursos salían temprano. El problema es que había un inspector de punto fijo, y mientras más lo pensábamos, menos gente salía y más fácil se hacía que nos pillaran.
Salgamos conversando relajadamente, les dije, como si nada. Esa técnica siempre me funcionó en mi colegio.
Háblame, háblame le decía al Carreño mientras cruzábamos la puerta. Era extraño, pero a pesar de que muchos riesgos no se corren, la adrenalina igual sube. Cuando estábamos afuera lo celebramos con gritos, como gringos al final de una película.
1:45 P.M.: Cuando el Carreño se fue, llamé a una amiga para que me fuera a buscar al colegio. Se llama Paula y trabaja vendiendo máquinas industriales. Me gusta. Es bonita.
Justo antes de que llegara me puse a conversar con el Andrade, el dealer. Nos mentimos un poco, hablamos de los carretes del fin de semana y estábamos en ese ejercicio cuando llegó la Paula. Se paró al frente del grupo, me tocó la bocina, me subí al auto y la saludé con un beso más apasionado que de costumbre. Después me despedí de los chicos con un saludo militar. Confieso que lo planeé todo. Es que era mi día pop.
Día 4. Viernes 31 de marzo
La convivencia
7:46 A.M.: Hay rituales que se cumplen sagradamente. Como el de llegar sin corbata, encender algunos cigarrillos, juntarse a reclamar en contra del colegio y entrar cuando estén a punto de cerrar las puertas. Todo eso pasa a diario. Ese día era el día de la convi. Con una luca se participaba. Con menos también. La idea era salir de clases, comprar algunas cajas
de vino tinto e irse a una especie de bosquecito que estaba en la Costanera a relajarse un rato. El Gato las organizaba y yo me había ganado la invitación después de los numeritos del día anterior. Por eso, y porque teníamos Educación Física, el viernes era un día muy especial.

12:20 P.M.: Se suponía que todo el curso iría a la convi, pero como era también de suponer al final eran casi los mismos de siempre: el Carreño, el Gato, el Jamón Palta, el Caro, el Jano y otros más que no sé como se llamaban. El René de la Vega no iba a las convis, porque no le gustaba ni fumar ni tomar en la calle. Era el único del grupo del Negro que no
iba a esos carretes.
Íbamos felices. Uno es feliz en el colegio. Todos se creen inmortales. A ratos me sentía así. Esto suena añejo y remoloso, pero más de una vez me pasó por la cabeza la idea de que todo sería tan diferente si uno tuviera el carrete de los 26 a los 18. Y ahí estaba, a punto de ir a tomar vino en caja a una plaza acompañado de tipos de 17 y 18, y contento. Había una
sola botillería que les vendía a escolares. Era la picá. Allí fuimos. La marihuana la había comprado el Caro. El Caro era de los pocos que tenía claro qué hacer en el futuro.
Estudiaba en el conservatorio de la Católica y seguiría en eso. Había repetido tercero medio igual que el Carreño, el Gato y el Jamón Palta. Me caía bien, hablábamos de vez en cuando de lo groso que eran los Inti Illimani, los Quilapayún y la animación de la película The
Wall. Al Caro le provocaba conflictos fumar marihuana, decía que la creatividad y que la mente se le tupía, pero que le era imposible dejarla. Fumar marihuana en el colegio es algo mucho más corriente que por decirlo así en mis tiempos. Los que lo hacían cuando yo
estaba en la media tenían muy claro que era malo fumar pitos, y lo comentaban solamente con los partners. Ahora no. Estabas en el fondo de la sala y alguien te gritaba desde la puerta si ibas a poner plata para comprar una empanada o no. Así de simple. Aunque tampoco es jauja. La poca plata que manejan mis compañeros los obliga a compartir dos
cigarrillos entre una docena de tipos. Y aún así, todos quedan muy volados. A algunos les daba la locura y se bajaban los pantalones y los calzoncillos por un rato.
15:35 P.M.: Me fui de la convivencia sin despedirme de nadie. El vino se había acabado hace rato y a esa hora, la conversación estaba girando en torno a Pinochet y lo mala que era la selección chilena de fútbol. Traté de que habláramos un rato del futuro, pero esa palabra tiene un aire a nebulosa y tabú que la hace aburrida para la edad. El Carreño quería ser
profesor de biología, al Jamón Palta le gustaba la ingeniería y el resto vería con puntaje en mano alguna carrera universitaria. Pero a nadie parecía importarle demasiado el tema. Y yo sólo quería dormir una siesta.
Día 5. Lunes 3 de abril
La profesora jefe
8:00 A.M.: Algunos datos que seguramente mi editor no publicará: hoy es el cumpleaños de mi ex mujer, el fin de semana estuvo duro y no tenía ganas de venir al colegio. Amanecí con ganas de emborracharme y pensar en lo mucho que amé a esa mujer y en lo fácil que
fue olvidarla. Mientras echaba los cuadernos en la mochila pensé en llamarla para contarle lo que estaba pensando. No lo hice porque iba a llegar atrasado y no tenía justificativo. Hoy conocería a mi profesora jefe. Desde que entré al colegio que, entre inspectores y compañeros de curso, me contaban lo rica que era la profesora jefe. Algo más: enseñaba
Artes Plásticas, lo que llevó mi imaginación a territorios lejanos y abiertos. El sábado le había comentado a mi amigo que todos decían que la profesora jefe era muy rica, y a él se le ocurrió decirme lo grande que sería si me la engrupía, y la idea me gustó. Fantasía erótica al alcance. Seguramente seríamos de la misma generación y podría mandarme
engrupir con el tema de la pintura y el arte y ella pensaría en lo mucho que sé a mi edad y me encontraría especial y todo eso. Pero esto no es una película de John Cusack, así que, como era obvio, nada pasó.
La realidad era que la profesora efectivamente era rica y tierna (chiquitita, rubiecita, chaleco de lana, camisa artesanal), pero se veía mejor porque enseñaba en un colegio de hombres. Mis compañeros se sentaron en grupo y terminaron de dibujar un zapato, con
lápiz número 2 y en degradé. Yo no me atreví a hacer el ridículo y me dediqué a conversar con el Jano y el René de la Vega, que estaban sentados en la misma mesa. Cuando me había presentado a la profesora, noté que la noticia de un alumno nuevo en su curso le pareció,
por lo menos, extraña. Me miró como cuando uno mira a un amigo que sabe que está mintiendo, pero que no lo puedes contradecir. Ella ya sabía de mí. Cuando se acercó a la mesa para ver cómo trabajábamos en el zapato, el Jano me estaba dando algunas pautas que se usaban para pasar más fácil por el colegio.
No le haga caso a los malos consejos de sus compañeros más viejos, me dijo. No los necesito, le contesté.
Me miró con más desconfianza que antes. Para bajarle el perfil al asunto, le dije que para mí el colegio era muy fácil de pasar: había que ir a clases, leer los libros que dan y no llamar mucho la atención. Hubo un segundo de silencio, hasta que el Jano le dijo lo muy enamorado que estaba de ella y la profesora le preguntó por su polola y éste le contó que lo
habían pateado. No sé cómo empezamos a hablar de las relaciones de pareja con la profesora, pero en un momento me vi preguntándole si era casada, si tenía hijos y si era feliz en su matrimonio. Era casada, tenía un hijo y me dijo que sí, era feliz, pero que tenía sus momentos complicados. Estaba a punto de preguntarle por esos momentos cuando se
dio cuenta de lo que estaba haciendo y me preguntó que cuándo le entregaría el dibujo del zapato. Yo le dije que el próximo lunes, y se fue a otra mesa.
10:45 A.M.: En el Consejo de Curso se pararon adelante el Jano y el Gato, que eran el presidente y vicepresidente, junto al tesorero. Mientras el Jano trataba de ponerse serio, cada intervención del Gato era un chiste. La tabla empezó con un problemita: habían prohibido el ingreso a la biblioteca de Providencia a todos los alumnos del colegio porque
un grupo había peleado con los guardias y habían destrozado algunos libros. El segundo punto fue hacer un acuerdo entre todo el curso para que en las disertaciones de filosofía en las que la mitad de la nota la ponían los compañeros todos se pusieran un siete. Yo les dije
que eso era poco ético, pero como lo dije en broma causó gracia. Después habló el tesorero para que pagaran las cuotas y la profesora amenazó con poner anotaciones negativas a los que se atrasaran.
13:10 P.M.: Con el Jamón Palta y el Carreño nos queríamos tomar unas cervezas. La íbamos a comprar en la picá y tomar en la Costanera, pero me acordé que el Negro tenía 19 y el Jamón Palta 18, así que los invité a tomarse un schop en Bellavista. Ellos pensaban que era imposible que nos vendieran con uniforme, yo les decía que igual nos venderían. Así
fue. Los garzones nos hicieron sentarnos adentro de la fuente de soda, pero ni siquiera nos pidieron el carnet de identidad. Nos tomamos dos schops cada uno. Yo invitaba. Hablamos de peleas en las que habíamos ganado, de las veces que nos habían asaltado y de mujeres
también. El Negro me estaba contando una historia con su polola y le pregunté a qué se dedicaba su suegro que tenía tanto dinero, y me dijo que tenía una fábrica de cocinas que le vendía a Homecenter y a Home Depot. Yo conocía a su suegro, era amigo de mi vieja, y el Carreño había estado una vez en un cumpleaños que mi vieja le celebró en su casa al papá de su polola. Lo conocía y me reconoció.
Yo sabía que te había visto antes, pero en ese tiempo usabas barba, me dijo. Claro, le dije, y traté de cambiar el tema, pero sabía que algo no le cuadraba. Pensé en llamarlo a su casa más tarde para pedirle que no comentara cualquier cosa que supiera de mí, pero no lo hice. En una de esas no se daría cuenta de nada.
Día 6. Martes 5 de abril
Soy artista
8:10 A.M.: Llegué atrasado. El inspector que estaba en la puerta no me quería dejar entrar porque no tenía libreta de comunicaciones. Yo quería entrar porque había prueba de matemáticas. Masoquismo puro. Pero el inspector no quería que entrara, así que tuve que contactar a uno de los dos funcionarios que sabían de mi trabajo para que hablara con el
caballero. Cuando se enteró, me acompañó conversando hasta la sala.
Así que es periodista, ¿y de dónde?
Bueno, este trabajo es para El Mercurio.
¿Y cuál es la idea del reportaje?
Contar lo que pasa en un colegio no más, pero según alguien que salió hace diez años. Una cuestión generacional.
No tenía ningún interés en seguir con el diálogo, no por mala onda, sino que conversar con alguien que sabía que era periodista no me agradaba nada. Estaba a punto de hacer un desvío para el baño, cuando me hizo una profunda confesión:
Sabe, yo aparte de ser inspector, soy artista. Pinto cuadros.
Qué bueno.
Sí, y tenemos un grupo de artistas que nos estamos promocionando y yo quería saber si hay la posibilidad de que nos hagan un artículo, que se publique algo sobre nosotros. Pero tiene que exponer o algo parecido para que haya información.
Si eso mismo les digo yo al resto, que tenemos que exponer primero o si no nadie se va a interesar. Claro, pero por cualquier cosa, llámeme. En todo caso, guarde el secreto hasta que me vaya de aquí.
Por supuesto, no se preocupe.
Ninguno de los dos tenía lápiz ni papel a mano, pero quedó la promesa de intercambiar números.
Día 7. Miércoles 5 de abril
La muela
7:00 A.M.: La noche anterior no pude dormir porque me dolía una muela. Me quedé en la casa de mi vieja, que se encargó de recordarme las muchas veces en que me dijo que fuera al dentista. Como a las 6 y media bajó a despertarme diciéndome la hora que era y lo tarde que llegaría al colegio. No quiero que te hagan problemas para entrar como ayer, me dijo.
Yo le dije que así no podía ir a clases y se enojó.
Tienes que ir al colegio, no puedes faltar. Anda al dentista y después te vas a clases.
Mamá, ya no estoy en el colegio.
Mi vieja es directora de una escuela subvencionada en Maipú.

Día 9. Viernes 7 de abril
La guata delata
8:06 A.M.: Los viernes me tocaba Literatura. Se me olvidó hacer la tarea que habían dado y el profesor me dijo que así no funcionaba el asunto. Estaba claro que el profe Gallardo no estaba pasando por un buen momento. No es casual que escogiera solamente poemas que
hablaban de querer morir y estar cansado de todo.
Hoy fue un día de esos raros. Algo pasaba. O, mejor dicho, ya no pasaba mucho. Los profesores continuaban clase a clase con el mismo genio, con las mismas rabietas y con la misma y abúlica técnica del monólogo frente al pizarrón. Las bromas de mis compañeros comenzaron a sonarme como versiones sobre versiones de cuentos demasiado repetidos.
Jugar a patearse ya no era divertido. Aparte de una que otra conversación de rock con el Leal, las mañanas pasaban cada vez más lento.
9:51 A.M.: No hice Educación Física porque no podía, por esto de la muela. Pero sí aproveché el mal ánimo para darme cuenta de que la guata podría haberme delatado. No era el más guatón del curso, había otros, no muchos, pero había otros. De todas formas, a esa
altura el Carreño ya me decía Pablo. Esto no lo debería contar, pero me pusieron Pablo Mármol, y da vergúenza reconocer que es uno bueno. Me parezco. En el colegio me decían Kiefer, por Kiefer Sutherland, y ahora me decían Pablo Mármol. Los odié un segundo. Con el René de la Vega teníamos un trato en el que él no me decía Pablo Mármol y yo lo
llamaría Elvis en vez de René, que es algo más honroso. Lo importante fue darme cuenta que una ducha en público me habría descubierto. Dicen que la cerveza produce todos esos estragos con el paso de los litros. Sí, creo que desnudarse frente al curso puede haber sido un error.
12:15 P.M.: A la salida, me junté con un par de tipos del curso del Andrade, para caminar juntos al paradero. La placita estaba llena de lolitas y lolitos fumando con uniforme. La mayoría era más chico que nosotros. Uno de los que me acompañaban miró a un par de
niñas que estaban apoyadas contra un muro y me dijo que estaban ricas.
-¿Querís conocerlas? Vamos a hablar con ellas me envalentoné.
No quiso, pero igual fui solo. Mientras más me acercaba más feas las encontraba, pero me acordé de lo guata de lata que uno puede llegar a ser en el colegio, así que seguí. Las experiencias de un adolescente ávido de experiencias casi nunca van de la mano con la calidad. Las saludé. Se llamaban Claudia y Loreto, iban en un colegio desconocido, con
más números que letras, tenían 16 y 15 años y estaban haciendo hora porque querían llegar atrasadas. Iban en la tarde, en segundo medio. Tan tan fácil no es engrupirse a niñitas de quince. Hay que ser divertido todo el rato, casi idiota. Nada de temas profundos ni de problemas de parejas. Cuando se acercaron los otros dos tipos me fui. Quedé invitado a una
fiesta que iban a hacer el sábado en la casa de una compañera de curso. No, no fui. Soy inocente.
Día 10. Lunes 10 de abril
El sospechoso de siempre
7:44 A.M.: El domingo había visto Magnolia. Cuando les conté a mis compañeros de lo buena que era Magnolia me preguntaron qué era eso. Fin del tema.
9:06 A.M.: Para Artes Plásticas la profesora nos había pedido que lleváramos frutos secos para dibujar. Un compañero llevó un ají. Nadie más se acordó, así que fuimos a una plazuela que había dentro del colegio y que tenía un letrero con el nombre de la directora, y recogimos unas hojas secas del suelo. La profesora se acercó a la mesa en cuanto partió la
clase. Quería hacerme algunas preguntas.
¿Y usted tiene apoderado?
Claro que sí, como todo el mundo.
¿Y quién es?
Mi mamá, como todos.
Quiero que venga el viernes.
Voy a preguntarle si puede.
No sé, a mí su historia me parece muy surrealista.
En ese momento, el Jano interrumpió para preguntar qué era ser surrealista. Y la profesora le explicó. El cuento es que ella sabía algo, o lo sospechaba por lo menos. Después me dijo que todo le parecía muy extraño, y que averiguaría quién era yo, porque le preocupaban sus
niños. Yo la felicité por su vocación y me fui de la sala. Estuvo cerca. Más tarde me enteré que había hablado con diez alumnos de su confianza para que me vigilaran en clase y después le informaran de mis actitudes. Esos eran los nerds que se me acercaban de vez en cuando a hacerme preguntas. De todas formas había que sacar las fotos luego antes de que
se descubriera todo.
Para mí que vos estai haciendo un reportaje y nos vai a sapear a todos, me dijo el Jano. Sí, y para El Mercurio más encima le respondí, y los cuatro que estábamos en la mesa nos pusimos a reír.
Después les conté que era informante del gobierno y que era hijo de la directora, y que queríamos sacar del colegio a todos los drogadictos.
12:30 P.M.: En el consejo de curso el Jano y el Gato pidieron que no se fuera nadie porque había muchos temas que tratar. Yo estaba seguro que iban a decir algo así como hemos descubierto a un periodista infiltrado en el curso, ¡golpéenlo! Estaba preparado, tenía mi mochila puesta y el camino para arrancar de la sala mentalmente listo. Pero no pasó nada,
todo lo contrario. La profesora no llegó y la mitad del curso terminó escondiéndose las mochilas y tirándose papelitos mojados.
Día 12. Miércoles 12 de abril
Último día nadie se enoja
8:00 A.M.: A pesar de comenzar el día con la horrible clase de Historia, estaba tan contento como el primer día. En la entrada nos habíamos separado con el fotógrafo para que no se notara nada raro, aunque yo sabía que corrían comentarios cada vez más fuertes sobre el
alumno nuevo. Esa mañana llamaron al Carreño a la oficina del sub director y le hicieron preguntas sobre mí, sobre cómo me comportaba y cosas así. El Negro dijo que le caía bien a todo el mundo, pero que si algo pasaba, él demandaría al colegio. Era divertido ver al fotógrafo en el recreo haciéndome tomas desde lejos. Lo único que esperaba era que no me saludara. Quería salir bien del asunto.
9:25 A.M.: Tenía muchas ganas de estar en la clase de Filosofía. Me habían dicho que el profesor era loquito y que hacía las clases con un par de garabatos entremedio. En la clase hubo disertaciones sobre el método Cartesiano y la revolución de las flores. Después de la segunda disertación me acerqué al profesor y le pregunté si consumió drogas en el tiempo
de la revolución de las flores, y me dijo que una sola vez, pero que le había hecho mal.
10:30 A.M.: En el patio habían montado una exposición con stands de distintos institutos y universidades. También había uno de la Policía de Investigaciones. Yo me quedé en el del Instituto Nacional del Fútbol. Una de las promotoras era una hincha del Audax que siempre sale en la tele. Estaban todos pidiendo folletos de la Chile y de la Católica, a las otras no las pescaban. Uno de mis compañeros quería postular a la Fuerza Aérea, pero me dijo que si no quedaba seleccionado, se metería a Investigaciones y sería bien corrupto, para que valiera la pena. Al Jamón Palta le gritaban que para qué pedía folletos si no le iba a dar el puntaje
para entrar a la U. El Caro estaba apestado. Decía que no estaba ni ahí con todo eso, pero igual lo vi pedir un folleto como escondido.
10:50 A.M.: El fotógrafo se metió a la sala en la clase de Química. Mientras sacaba fotos algunos se preguntaban qué pasaba. Otros le preguntaron a él directamente. El problema era que me sacaba demasiadas fotos a mí. Todo mal. Podía sentir las miradas del Jano, el
Carreño y el Gato. Saliendo de clases me encontré con la profesora jefe, y me llevó a una sala que estaba casi desocupada.
Sé quién eres, me decía al mismo momento en el que llegó el fotógrafo y comenzó a sacarnos fotos. Ante eso, no servía de mucho seguir con el misterio. Primero me tapó con preguntas y después me dijo que le parecía divertido. Yo le dije que no se preocupara, que la idea no era denunciar a nadie en especial, y aprovechó de preguntarme si yo sabía
quiénes consumían drogas en el curso, sólo para ayudarlos. Le dije que no.
12:30 P.M.: El Leal se había ido para la casa igual que el Elvis, así que fuimos el Caro, el Carreño, el Jamón Palta y yo a tomar cervezas. En el camino les conté que era periodista y que estaba trabajando en el colegio. El Caro era el más sorprendido. Al Jamón Palta parecía no preocuparle mucho la diferencia, pero el Carreño fue la sorpresa. Se trataba del tipo con el que lejos había tenido una relación más estrecha, más confidente. Yo creí que sería una novedad para él mi confesión, pero me dijo que ya lo sabía desde el día en que fuimos a tomarnos unos schops a Bellavista, porque así como se acordaba de mí con barba en aquel cumpleaños de su suegro, también recordó a lo que me dedicaba, pero no le contó a nadie.
Según el Carreño, se notaba que yo era más viejo porque gastaba mucha plata en el kiosco y porque siempre andaba regalando cigarros. Y por la manera como me sentaba, que era como suelta. El Jamón Palta me dijo que todos fuman Derby o Belmont, y que nadie anda regalando Luckies. El Carreño me dijo que también se notaba en las preguntas que les hacía
a los profesores, sobre todo en Economía. Y porque tomaba mucho café. El Caro me dijo que de todas formas le parecía increíble estar conversando con un periodista que había sido compañero de curso. Quedamos en no perder el contacto y no usar los nombres verdaderos
en la historia.
Cuando nos íbamos del departamento, el Negro me hizo una pregunta con cara de serio: Y tú, ¿qué opinái de nosotros ahora que estuviste en el colegio?
Nada especial, Negro. Que les vaya bien, nada más.

21 de Abril de 2000

martes, 1 de julio de 2008

CHASCARROS PERIODISTICOS

Los chascarros periodísticos del siglo

La revista Columbia Journalism Review, considerada la mejor publicación norteamericana sobre periodismo, recopiló los mayores errores cometidos por los medios de prensa más influyentes. En Chile los periódicos y canales de televisión también son responsables de chascarros memorables, pero sin que éstos hayan tenido una repercusión mundial.

"Todos los pasajeros del Titanic están a salvo", fue el titular de portada del diario Evening Sun, de Baltimore, tras el hundimiento del barco más famoso de la historia, en abril de 1912. Más de mil pasajeros del buque perecían en el mar, pero Los Angeles Express se dejó llevar por el optimismo y repitió al día siguiente el "fatídico" titular, que se convirtió en la mejor prueba de que una "buena noticia" no siempre es bienvenida. El hundimiento del Titanic fue la mayor desgracia naviera del siglo XX, pero también una de las tragedias mediáticas más lamentables, según la revista Columbia Journalism Review (CJR), que recopiló los mayores errores y fraudes periodísticos de la centuria. The Wall Street Journal, por ejemplo, fue uno de los grandes diarios que "hizo agua" durante la cobertura del desastre. Este periódico económico cometió el disparate de publicar, a los pocos días del accidente, una nota en la que agradece a los constructores de la nave por el supuesto avance tecnológico que generó su puesta en marcha: "La gravedad del hundimiento del Titanic es aparente dice el análisis de The Wall Street Journal porque lo realmente importante es que el buque cumplió: la razón de esta maravilla es que el casco hermético era realmente hermético". Los responsables del Evening Sun y Los Angeles Express se equivocaron groseramente por tres razones: le creyeron a los expertos que validaron una y otra vez la supuesta infalibilidad del Titanic, confundieron dos llamados de emergencia y dieron rienda suelta a sus reporteros, "impacientes por ganar la competición con noticias casi verdaderas que sólo deben ser corregidas, como era la supuesta insumergibilidad del barco", explica el redactor de la CJR, John Leo. Quiso la mala fortuna periodística que justo el día en que el Titanic se convertía en leyenda y en materia prima para uno de los mejores negocios cinematográficos, otro buque averiado fuera remolcado paralelamente a Halifax, al sureste de Canadá, muy cerca de donde se hundió el crucero inglés. Los radioaficionados que escuchaban ese día los mensajes en clave morse que se transmitían de barco en barco, informaron sobre el rescate de aquel petrolero anónimo que era arrastrado sin mayores complicaciones hasta el puerto más cercano. Sin embargo, hubo radioaficionados que captaron la transmisión cuando ya había empezado y asumieron que el buque rescatado era el Titanic. En el periodismo mundial existe una plaga tan dañina como la mala cobertura de los accidentes: los mentirosos. Y los diarios The New York Times y The Washington Post han sufrido sus efectos. El Post ha escrito algunas de las páginas más gloriosas del periodismo de investigación y se enfrentó valientemente al gobierno de su país al descubrir la conexión entre el caso Watergate y Nixon. Sin embargo, también amparó a una de las mitómanas más populares de Estados Unidos: Janet Cooke, quien ganó el premio Pulitzer en 1980 tras publicar "El mundo de Jimmy", la historia de un niño negro adicto a la heroína. El dueño del Post, Donald Graham, escribió sobre la atractiva reportera negra que obtuvo el premio con sólo 26 años: "En este diario necesitamos personas como tú, porque la gente forma parte de tus historias". Pero Graham debió comerse sus palabras y Janet Cooke, devolver el Pulitzer: el mundo de Jimmy sólo existía en su imaginación. "Era una historia tan buena que no necesitó ser chequeada", alegó el Post más tarde, quizás con la remota esperanza de ser disculpado. En el libro "La vida de un periodista" (El País-Aguilar), el ex director del Post, Ben Bradlee, el mismo que hundió la carrera de Nixon, narra que después del escándalo revisó el currículum que había presentado Janet Cooke cuando fue contratada. En él aseguraba que había pasado por las mejores universidades europeas obteniendo las más altas calificaciones, que hablaba cuatro idiomas y que era una eximia pianista. "Un chequeo de sólo un par de horas seguramente habría dejado al descubierto su ficción del pasado escribe John Leo, pero nadie hizo el esfuerzo". Por eso un reportero del Post dijo más tarde, cuando ya se sabía toda la verdad: "Habría tenido que ser al menos unos 10 años más vieja para haber realizado todo lo que decía haber hecho". Existe otro mitómano a la altura de la Cooke: Walter Duranty, corresponsal del Times en Moscú durante la dictadura de Stalin, quien al poco tiempo de llegar a la capital de la desaparecida Unión Soviética se convirtió en uno de los más fervientes defensores del sucesor de Lenin. Cuando Stalin condenó a morir de bulimia a los habitantes de Ucrania con el objetivo de romper la resistencia que existía en esa nación hacia el poder comunista central, Duranty contó a los lectores del Times: "Cualquier informe de hambre en la URSS hoy es exageración o propaganda maligna". Y cuando en 1933 la hambruna sencillamente arrasó con los ucranianos, Duranty escribió en las páginas del periódico más influyente de Estados Unidos: "En los mercados de este pueblo sobran huevos, granos, frutas, verduras, leche y mantequilla a precios más bajos que en Moscú, por lo que hasta un niño puede notar que esto no es hambre, sino abundancia". ¿Resultado?: 10 millones de muertos como consecuencia de la falta de alimentos, según confesión del propio timador. Pero Duranty ya había recibido el Pulitzer por "su profundidad, imparcialidad, rigurosidad y claridad". Al menos tres mentiras en una sola frase. La revista Stern de Alemania anunció en 1983 "el mayor golpe periodístico de la post-guerra: los diarios inéditos de Adolfo Hitler", que supuestamente habían sido descubiertos recientemente. Todo el mundo se creyó la historia: el magnate australiano de las comunicaciones Rupert Murdoch compró los derechos por 400 mil dólares (cerca de 200 millones de pesos actuales) para su publicación en Gran Bretaña y sus ex colonias, y Paris Match se comprometió a pagar una cifra similar. Newsweek fue más lejos y sin esperar una confirmación sobre la autenticidad de los documentos, los publicó sin demora. También en este caso la historia era tan atractiva que daba lo mismo si era cierta o no. Así lo expresó claramente la propia Newsweek desde un principio con la siguiente sentencia: "genuinos o no, al final casi no importa". Se piensa que ésta es la primera vez que un gran medio de comunicación le pide derechamente a sus lectores: "No permitas que la realidad arruine una buena historia". No pasó mucho tiempo antes de que se descubriera que los diarios eran apócrifos. Incluso Hitler había agregado, supuestamente, algunos párrafos durante los días posteriores al atentado que sufrió en julio de 1944, que inmovilizó sus brazos. Pero si la revista Newsweek se dejó llevar por el entusiasmo con los diarios del líder nazi y publicó un error ajeno sin confirmar su veracidad, a su competidor directo, Time, le ocurrió algo parecido el año pasado. La cadena CNN, propiedad de los mismos dueños de Time, emitió el 7 de junio un reportaje que traería "cola": "El valle de la muerte". En él, la cadena de noticias por cable aseguraba que durante la guerra de Vietnam, fuerzas especiales de Estados Unidos en misión secreta en Laos habían arrojado gas sarín sobre desertores norteamericanos. El escándalo y la indignación en Estados Unidos fueron mayúsculos y se iniciaron las investigaciones de rigor, sin que se obtuviera ninguna prueba de que tales maniobras se hubieran materializado. Al contrario, se comprobó que una de las fuentes de la CNN había presentado una fotocopia en la que se leía borrosamente "CBU-15", un explosivo ordinario, y no "CBU-25", el mortal gas sarín que había alertado a los reporteros de la cadena. La revista Time, que iniciaba una serie de colaboraciones directas con CNN, ya había publicado la versión escrita del reportaje con un escéptico titular que no le valió de mucho si quería protegerse de la lluvia de desmentidos: "¿Usó Estados Unidos el gas sarín?". No pasó siquiera un mes antes de que el presidente de la CNN, Tom Johnson, emitiera una retractación formal y se disculpara por los errores cometidos. Como en la mayoría de los grandes chascarros periodísticos de la historia, todos los desaciertos de la CNN se reducían a uno: ante la duda, publicar. ¿Resultado?: los productores April Oliver y Jack Smith fueron despedidos, la productora ejecutiva Pam Hill renunció y el veterano corresponsal de guerra que apareció en el programa, Peter Arnett, cayó en desgracia. Time ya se había equivocado rotundamente cuando en un flash lanzado en su página web había declarado culpable a O.J. Simpson, contradiciendo la decisión del jurado que lo consideró inocente. Es decir, había ocurrido exactamente lo contrario. Lo mismo le pasó al Chicago Daily Tribune cuando presentó el titular más famoso de la historia política de Estados Unidos: "Dewey derrota a Truman". También en este caso finalmente ocurrió lo contrario: el demócrata Truman vapuleó a su contrincante republicano. Este periódico publicó el 27 de abril de 1997 un suplemento especial para conmemorar sus 150 años de existencia y, por supuesto, el gran condoro ocupó un lugar privilegiado: "La foto más memorable de la historia del Chicago Tribune (en ella se ve a Truman riendo con un ejemplar del diario que lo condenaba a perder) fue tomada por un outsider". En Estados Unidos el control de calidad de los periódicos es, con toda seguridad, el más riguroso que existe. Aún así, siguen publicándose errores, mentiras e incorrecciones todos los días. Son los gajes del oficio. Los editores de CNN, The Washington Post y The New York Times dijeron tener muchas dudas antes de publicar o emitir esos reportajes que enlodaron, al menos durante un tiempo, el prestigio de sus medios, pero finalmente igual decidieron seguir adelante, a pesar de que tuvieron mucho tiempo para rehacer o rechazar aquellas historias que despertaban tantas suspicacias. Por desgracia el tiempo es es un lujo que tiende a desaparecer. En los tiempos del periodismo de alta velocidad, con internet a la mano, los riesgos son cada vez mayores y las decisiones se toman bajo más presión. Definitivo: el mayor engaño periodístico publicado en Chile en los últimos 50 años apareció en la portada de la antigua revista Vea el 10 de diciembre de 1953. Ese día, el semanario que se caracterizó por exhibir algunas de las fotografías e historias más truculentas, fusiló, literalmente, al delincuente Alfonso Carreño Meneses, alias "el evangélico". En la página 13 de aquella edición, el redactor de la nota principal dio rienda suelta a su prosa galana y le puso todo el color necesario para que su crónica roja alcanzara la inmortalidad literaria. Así narró paso a paso los últimos momentos del parricida, desde que fue notificado de la condena a muerte por el juez hasta que sentó sus posaderas por última vez en este mundo, precisamente en el frío patíbulo de la cárcel de La Ligua. "Carreño escuchó con atención la lectura de la sentencia escribió el inspirado reportero policial; luego, el rechazo del recurso de la revisión extraordinaria; finalmente, el cúmplase firmado por el juez de La Ligua. Las últimas frases eran claras y definitivas: debía morir. Tartamudeó. Alzó impotente sus manos esposadas y con tranquilidad rompió el silencio que se produjo al término de la lectura del `cúmplase'. Sólo se limitó a decir: `¡Hasta cuándo me van a tener amarrado. Ojalá que me maten luego!'. Fue engrillado y acompañado de un vigilante y del cura párroco de La Ligua, don Angel Custodio Flores; conducido a la celda de aislamiento, en la cual permaneció hasta el instante en que se marchó hasta el patíbulo". Así pasó a mejor vida el fusilado número 39 de la historia procesal chilena. Al menos eso aseguró Vea. Porque la verdad es que a última hora la condena fue suspendida, Alfonso Carreño vivió otras dos semanas y quedó clarísimo que el semanario había inventado toda la ceremonia mortal. No podía ser de otra forma: el juez de La Ligua había prohibido, según recuerdan algunos periodistas veteranos, la presencia de los medios de comunicación en la cárcel. La copia de la revista Vea de entonces que se puede leer en la Biblioteca Nacional está completamente tachada y corregida a mano. Así, por ejemplo, sobre el titular de la nota principal que originalmente dice "Cuatro días duró la agonía del condenado a muerte número 39", se cambió la "ó" del verbo "duró" por una "a", con el objetivo de actualizar la información. Para intentar ocultar el mayor fraude periodístico de las últimas décadas, los "ágiles" de la antigua revista Vea utilizaron un lápiz scripto muy ordinario. Y para que no hubiera dudas sobre la honestidad de sus profesionales, cuando realmente fue fusilado "el evangélico", 15 días más tarde, el semanario presentó una secuencia fotográfica en la que se observa claramente cómo las balas de los gendarmes destrozan el pecho de Carreño, el número 39. El Papa y Paul SchÙfer Las fotografías que aparecen todos los días en los diarios y revistas de Chile son las protagonistas de algunos de los chascarros más memorables. La Tercera cometió un error grueso el 24 de abril del año pasado cuando publicó en su primera página "la última foto de Paul SchÙfer". En la portada de este matutino apareció un hombre con ojos oscuros y birrete, tomada en 1996 durante la realización de una cicletada en la ex colonia Dignidad. Pero la foto no era de SchÙfer, tal como reconoció La Tercera al día siguiente. El Mercurio lamentó otro error gráfico de proporciones publicado el 9 de abril de 1987. Ese día el matutino tituló en su portada: "Identificados violentistas del PC en el Parque. Por organismos de seguridad". Cuatro fotografías acompañaban la nota. En dos de ellas estaban individualizados Iván Enrique Barra Stuckrath y Jorge Ernesto Jaña Obregón. En las otras aparecían los dos universitarios, supuestamente, en manifestaciones políticas. Los jóvenes no alcanzaron a ver sus rostros en la primera página del diario. Tampoco alcanzaron a desayunar: habían sido detenidos esa misma madrugada, en sus hogares, por miembros de la CNI. La condena fue suspendida, Carreño siguió viviendo y quedó claro que Vea inventó toda la ceremonia mortal Sin embargo, la detención fue breve. Una semana tardó el juez civil Marco Aurelio Perales en absolverlos por falta de pruebas. El fiscal militar Lorenzo Andrade tomó la misma determinación un día después y los puso en libertad. Los dos supuestos violentistas no pertenecían al Partido Comunista ni habían estado en el Parque O'Higgins el día en que éste "ardió" en presencia del Papa. Tampoco se peinaban tan ordenadamente como aparecían en las fotografías. La revista Hoy también cambió una foto y lo lamentó. El 22 de enero de 1996 ese semanario presentó en su portada la imagen de "El asesor secreto de Pinochet" que correspondía, supuestamente, a Sergio Rillón. Sin embargo, el aludido desmintió, a través de La Segunda, que fuera él quien aparecía en aquel documento gráfico. La imagen correspondía a Orlov Dubrock Wisgin. Lapsus deportivo "Colo Colo, sólo con lo justo y necesario", fue el titular de la noticia que presentó La Época en su página 24, el 24 de agosto de 1988. La noche anterior, según el matutino, el equipo más popular e importante de Chile había derrotado 2-0 al Marítimo de Venezuela, clasificando para la siguiente ronda de la Copa Libertadores. El reportero de La Época había seguido el encuentro entre Colo Colo y el Marítimo, y escribió una nota que cumplía con todos los requisitos que exige una buena información deportiva: entregó las alineaciones de Colo Colo y del Marítimo, las anotaciones del cacique, las ocasiones desperdiciadas por los venezolanos, del Marítimo, y la molestia que produjo a los visitantes, los jugadores del Marítimo, la anulación de un gol legítimo. El redactor también hizo el llamado de portada de ese día, en el que se anunciaba el triunfo de los albos sobre el Marítimo. La información sólo tenía un problema: durante la noche anterior Colo Colo no le había ganado al Marítimo, sino al Tachira, también de Venezuela. Colo Colo ya había derrotado al Marítimo el viernes previo por 1 a 0. El periodista de La Época se había mareado con tanto Marítimo. Miterrand y Pinochet Así como al Chicago Tribune le fue pésimo con las elecciones presidenciales norteamericanas que enfrentaban al republicano Dewey y al demócrata Truman, al dar como vencedor al primero, al comentarista internacional del Canal 13 recientemente fallecido, José María Navasal, le pasó algo parecido el 9 de mayo de 1981. Entonces Navasal "se cayó" ostentosamente en su comentario habitual de Teletrece cuando aseguró que, al día siguiente, el candidato derechista Valery Giscard d'Estaing derrotaría sin problemas al socialista Francois Mitterrand en la votación presidencial francesa. ¿Resultado?: Mitterrand venció a su contrincante y gobernó Francia durante 14 años. Los que escuchaban a Navasal aseguran que éste nunca más volvió a realizar pronósticos electorales. Sí siguió haciendo vaticinios y con igual mala fortuna su compañero del Canal 13 Claudio Sánchez. En Londres, el 25 de noviembre de 1998 el corresponsal en viajes de Teletrece lanzó una frase que le traería más de un problema: "El fallo sería favorable". Se refería, por cierto, a la primera votación que media hora más tarde realizarían cinco lores jueces británicos para decidir si Pinochet permanecería detenido o sería puesto en libertad. Para desgracia del senador vitalicio, y también de Sánchez, la votación fue 3-2 a favor de confirmar la detención. La polémica frase lanzada por el periodista del Canal 13 sirvió para exacerbar aún más el rencor perenne que le tienen muchos antipinochetistas. Para intentar ocultar el mayor timo periodístico, los "ágiles" de Vea utilizaron un lápiz scripto muy ordinario Curiosamente, muchas personas recuerdan con más facilidad los condoros que cometen los periodistas de televisión, que aquéllos publicados en los diarios y revistas. La supuesta inmediatez desmemoriada de la tele no es tal. Las equivocaciones registradas frente a las cámaras persiguen a los reporteros durante años, aunque no tengan mucha importancia. Ha pasado casi una década, pero todavía hay personas que se acuerdan de la confusión que sufrió una reportera del Canal 7 con dos ministros en una parada militar. Seguramente muchos otros recordarán durante bastante tiempo que hace pocos días en ese mismo canal otro periodista repitió, cuatro veces en una misma nota, "epidemia de influencia" en vez de decir "epidemia de influenza". Si el error hubiese salido impreso, es posible que pocos se hubiesen dado cuenta. ¿Acaso alguien se acuerda de que en el diario La Nación un gracioso escribió "Sandrino, ¿te tomai la otra?" en una nota en la que el ex delantero de Universidad de Chile Sandrino Castec intentaba, precisamente, desmentir su presunta debilidad por el vino tinto y del otro? ¿O alguien se acuerda de que en El Mercurio otro chistoso llamó "Pernochet" al ex jefe de Estado cuando éste envió sus condolencias a los familiares de las víctimas del terremoto de 1985? En La Época escribieron "el fleto" Brad Pitt y "el pelao" ministro de Obras Públicas y no pasó nada. A un prensista de La Tercera no lo convenció el titular "El campeón, Antuofermo", dedicado al boxeador chileno Vito Antuofermo, y lo cambió por un más verosímil "El campeón actuó enfermo". La Segunda derrocó a Noriega el 3 de octubre de 1989, pero el ex dictador se encargó de desmentir la información horas más tarde apagando violentamente todos los focos de la rebelión. Este mismo vespertino públicó en 1982 una carta al director firmada por la inmigrante yugoslava Onisesa Tehconip, cuyo nombre leído al revés destapó una caja de truenos. ¿Alguien se acuerda acaso? La lista de ejemplos podría continuar interminablemente. La actualidad es un insumo demasiado caprichoso como para que los productores de noticias lo tengan absolutamente bajo control. Los accidentes son inevitables. Si no, no serían accidentes. Le pueden ocurrir a cualquiera.