DIARIO DE UNA CHILENA CONTRATADA POR EL RATON MICKEY
El infierno más felíz del mundo Ex integrante de nuestro taller literario, Claudia Aldana (25) era una egresada más de periodismo y ciencia política hasta que el año pasado decidió hacer un paréntesis en su vida y postuló, se entrevistó y quedó seleccionada en el programa para estudiantes extranjeros del Walt Disney World Resort, en Florida, compuesto por cuatro parques de atracciones: Epcot Center, Animal Kingdon, Magic Kingdom y MGM Studios. Allá, además de estrecharle la mano al ratón Mickey, trabajó, carreteó y conoció de cerca la cara menos inocente del lugar más feliz del mundo.
por Claudia Aldana, desde Orlando.
Viernes 10 de noviembre de 2000
Lenny Kravitz: no en Disneylandia
La primera película Disney que vi fue La dama y el vagabundo. Tenía 15 años y estaba cuidando a mi hermano chico. No me volvió loca ni nada por el estilo, pero cuando vi el aviso en el diario, Disney, jóvenes entre 18 y 25 años, para trabajar en el parque, me pareció una buena excusa para salir de la casa por un tiempo. Recién egresada, sin muchos planes inmediatos más allá de ver tele o salir con los amigos, y bajo la fuerte influencia del video recién estrenado de Lenny Kravitz, "Again", idealicé la posible pega y le puse empeño extra para quedar. Luego de un par de entrevistas en las que me salvó mi inglés Sony, a principios de noviembre del año pasado me encontré arriba de un avión, rumbo a Orlando, a trabajar en Disney. Un par de días después, en un descanso de mis clases de doblado de poleras con mi entrenadora, encerrada en una de las bodega de merchandising, me di cuenta de que el último lugar donde iba a conocer a Lenny Kravitz era la tienda de souvenirs de Epcot en la que me encontraba. Pero ya era un poco tarde para recapacitar. Ahora me sentía obligada a buscarle el lado positivo al hecho de recibir 6 dólares y tanto la hora por trabajar en el lugar más feliz del mundo: el Walt Disney World Resort. No puedo negar que a veces siento como si me hubieran lavado el cerebro y esa sensación no me gusta. Yo estudié periodismo, no educación de párvulos, pero desde que soy un "cast member", el eufemismo que usan aquí para decir "simple empleado", me descubro persiguiendo a cuanto cabro chico veo para preguntarle su nombre y de dónde viene. Ya no puedo evitarlo. Me siento observada, calificada a cada minuto. Me acostumbré a las ardillas, a la música absurdamente dulzona en el aire. Me acostumbré a Disney, al pop corn salado. Me acostumbré a hablar en inglés con gente que nunca más voy a ver, a inventarle una historia distinta a cada una de las personas que atiendo. Porque ésa es una de las bases de nuestra relación con los clientes: hacerse el simpático y hablar hasta por los codos. Así es que después de preguntar de dónde son, me lanzo con algo que me haya pasado relacionado con su pueblo. Algo que, en el 99 por ciento de los casos, es mentira. Nunca en mi vida me ha gustado vender nada. Ni poleras entre las amigas. Pero ahora soy capaz de sugerir con mucho entusiasmo, y por sólo 5 dólares más, un Tigger más grande "que de seguro va a dejar más feliz a su nieta, señora". Yo vendiendo. Sin comisión, pero esforzada. Raro. Vuelvo al condominio y por mi cabeza dan vueltas miles de detalles ridículos que quiero comentar con alguien, pero las cinco neozelandesas con las que comparto el departamento también están atoradas por contar lo suyo. Nunca falta la que está durmiendo y no está ni ahí con que metamos ruido en el living, por eso nos movemos con la radio y las galletas al balcón, a mirar vecinos o a fumar un cigarro en nuestro departamento para no fumadores. Esperando que llamen para avisar en qué edificio es la fiesta en la noche. Orlando, domingo 26 de noviembre de 2000 Mickey Mouse es chileno Los que todavía crean en el Viejo Pascuero, no sigan leyendo. Porque Mickey, el ratón más sobrevestido de la historia, es chileno. Así, tal cual. Ahora tenemos otro motivo de orgullo además del chaleco más grande del mundo en el museo de La Ligua. Tenemos a Mickey Mouse. Cristián es chileno, no debe medir más de un metro cincuenta y tantos y es uno de los que se disfraza del célebre ratón aquí en Disney World. El día de las entrevistas de trabajo, en Chile, un gringo aseguró que él iba a quedar aunque no hablara inglés. Yo pensé que era humor yanqui para distender, pero no; apenas llegamos a Orlando, mientras al resto lo mandaban a las cocinas y tres o cuatro nos librábamos de transpirar con olor a pizza, Cristián recibió trato de estrella. El iba a ser "character" ("personaje"). De acuerdo con el estándar que manejan en la sala de disfraces, él calzaba justo para ser nuestro jefe. Y ahí empezaron los privilegios para el ratón Mickey chileno. Mientras todos los demás pasamos dos días en clases, de 7 de la mañana a 6 de la tarde, en la Disney University (en mi caso, para aprender a manejar una caja registradora y a cómo tratar al amigo cuando es forastero, anda turisteando y tiene los bolsillos llenos de dólares), él tuvo horarios mucho más relajados y sus clases consistieron en aprender a firmar como Mickey y otro par de monos, en caso de que le tocara cubrir a alguien. Porque otro de los negocios es venderle a los niños "libros oficiales" para los autógrafos de los monos y "lápices oficiales" para firmar. La regla es que ninguno de los peluches gigantes se pasea por el parque con algo en la mano o en los bolsillos. En resumen, Cristián no tiene que trabajar tres horas para que le den un descanso, como el resto de los mortales aquí en Disney. Los personajes hacen un "set", salen a saludar, posar y firmar libros durante media hora y luego entran y descansan. Después a veces los trasladan a los hoteles Disney, donde descansan al llegar, se visten, descansan y salen de nuevo otro ratito. En total, a Cristián le pagan ocho horas y trabaja como tres. Es cierto, el disfraz debe pesar y a veces les da calor, pero no es hediondo ni nada. Le pagan por suplantar al jefe. Cristián no es el único. Conozco a la polola de un amigo brasileño que también es Mickey, aunque a veces es Pinocho, y dice que son más de diez los Mickey en cada parque. No importa, igual uno de ellos es chileno. Debe ser raro que de ser toda tu vida conocido como el chico o el enano, de un día para otro te encuentres en otro país con una manga de gente haciendo cola para sacarse una foto contigo, o que te aplaudan a rabiar sin haber hecho nada más meritorio que medir poco. Pero estamos en Disney y estas cosas pasan. Te pagan por ser pintamonos, chico, o como metralleta para hablar (mi caso). A veces me pagan por saludar todo el día. Me paran en alguna parte de Epcot y saludo, saludo, saludo. Todo el día. Lo extraño es que Cristián, en el avión a Orlando, era piola, con la guitarra a cuestas, típico chico de fogata playera. Acá nuestro Mickey es el patas negras de una gringa casada, bastante regia, que entra y sale del departamento del chileno a horas bastante poco Disney. Y Cristián-Mickey sale a dejarla al auto, como buen galán, y le da un tremendo beso antes de que la gringa parta, muerta de la risa. Igual todos comentamos que entre tanta aventura amorosa, se está poniendo barsa y canchero. Cuando Minnie se entere... Orlando, lunes 11 de diciembre de 2000 Tengo una idea para una teleserie Esta vida en Disney es demasiado televisiva. No me sorprendería que hubiera cámaras ocultas grabándolo todo, porque con todo lo que pasa acá cuando los parques cierran, Aaron Spelling tendría material de primerísimo nivel. Aunque aquí nadie caza vampiros ni le pone bombas a Amanda Woodward, creo que Chatam Place (Chatam Square es el nombre de mi condominio) u Orlando 32831 tiene potencial. Tenemos de todo: parejas multirraciales, un chileno que pololea con un gringo que de día trabaja disfrazándose del príncipe de Cenicienta, fiestas en la piscina, relaciones que empiezan y terminan sin que uno alcance a darse cuenta. Este tremendo paréntesis que significa Disney para todos los que estamos trabajando acá, lejos del país de origen y viviendo con gente de todo el mundo, te da una sensación de libertad para hacer lo que jamás harías en casa. Nadie te controla, nadie sabe quién eres. Nadie te pregunta, tampoco. Quizás por eso es que cada condominio son tres: Chatam Square, The Commons, que queda a cinco minutos del mío caminando, y el legendario Vista Way es un mundo propio con las tremendas historias también. Los de Commons, nuestros vecinos, son los que se quedan por un año trabajando y hacen unas fiestas increíbles. El primer viernes de cada mes organizan las "fiestas porno". Pegan carteles en los condominios avisando en qué departamento va a ser y hay que partir liviano de ropa (onda una bata o una toalla), porque para entrar hay que hacerlo en pelotas. Y no se admiten mirones. También hay fiestas más inocentes, como las que hay que ir disfrazado de niño. Pero las porno son las que la llevan. Para empezar, si uno no vive en los condominios de Disney, solo puede entrar autorizado por la gente de Seguridad, que exige que alguno de los que vive adentro firme un registro de visitas donde se compromete a asegurarse de que la visita va a estar fuera antes de las 2 de la mañana. En caso de incumplimiento, el garante es expulsado del condominio y de su trabajo en Disney. Ahora, si uno vive en los condominios puede entrar y salir de cualquiera sin problemas, pero con el mismo límite: 2 AM. A esa hora Seguridad llega a avisar que las visitas se acabaron. Lo entretenido, por cierto, es tratar de quedarse sin que te pillen. Porque obviamente, las fiestas a esa hora recién están empezando. Sobre todo las porno, ya que la gente que trabaja en Epcot sale cerca de la medianoche. Y por otro lado, nadie se saca la ropa por solo una hora. Al llegar, la música se oye fuerte y hay mucha gente en las escaleras. Todos se fijan en quién entra y quién no, pero siempre con una expresión cool de desinterés. En la entrada, una francesa bastante dotada da el tono de lo que va a ser la noche: hay que sacarse la ropa de una y dejar la toalla en el sillón que bloquea la puerta de la cocina. Nadie te obliga o te apura, pero si alguien entra y demora más de la cuenta en desvestirse o se queda mirando al resto, es invitado a salir del departamento. La francesa de la puerta está disponible, eso es obvio. Anda paseándose con una botella de salsa de chocolate para el que quiera embetunarla y hacerse cargo. Es increíble verla así. Me la he topado en el parque y estoy casi segura de que es la polola de uno de los franceses que miro siempre. Como chilena que soy, la ubico porque le envidio el pololo. La música (tecno, como de costumbre) está a cargo de uno de los muchos dejotas que viven en los condominios. Y aunque se supone que la buena onda es norma entre todos los que vienen, un brillo de tensión se adivina en las miradas. No es fácil mirar a los ojos en estas condiciones. Como tampoco bailar cuando sabes que hay partes vitales de tu cuerpo subiendo y bajando al compás de la música. A fin de cuentas, estamos en pelotas en medio de un living de alguien que nadie conoce. Y por eso, supongo, el alcohol está obligado a subir más rápido a la cabeza. La fiesta se acaba a la misma hora que las otras, tipo cinco o seis de la mañana, con la diferencia que acá se arman un par de malos entendidos por la desaparición de algunas toallas. Es cierto, está heladísmo. Este es el invierno más helado de Orlando en los últimos 20 años, por eso no es ninguna gracia quedarse sin nada con qué taparse para volver a la casa. Lo difícil es pensar que al día siguiente hay que tomar el bus de vuelta al parque y ver con ropa a algunos de los que fueron a la fiesta e intentar olvidar que ya los conoces demasiado. Por su parte, Vista Way fue el primer condominio que Disney compró para sus programas con estudiantes. Allí viven los gringos y un par de colados que no caben en los otros condominios. Vista es legendario porque es el más grande y casi todos los buses parten de ahí. Además, porque hace tres años apareció en la revista Playboy en un reportaje sobre los lugares donde había más sexo por hora en Estados Unidos. Vista Way quedó en tercer lugar y se pasó a llamar "Vista Lay" entre la gente que trabaja en Disney. Puedo dar fe de que no es mito urbano. Uno de mis amigos en Vista me mostró la revista. Era su amuleto. Según él, le dio el empujón necesario para venirse a trabajar acá. Cada vez estoy más convencida que la gente que vive en Vista se toma a pecho eso de mantener el mito. En todas las fiestas hay alguien que te lo cuenta, y ya no sé si es la excusa para llevar la conversación al tema sexual o si la gente que vive ahí tiene como secreta misión mantener esa fama. Ir a una fiesta allí puede ser hasta peligroso. Las jaleas de vodka andan por todas partes, igual que el extasis, la droga favorita entre los "cast members", porque no deja olor ni hachazo al día siguiente. Los departamentos parece que fueran a explotar y se ve demasiado gringo con cámara en mano. Minas en topless o abrir la puerta del baño y pillar a una pareja adentro no es raro. Claro que apenas son las siete de la mañana o antes, todos se ponen la ropa y parten a ponerle la cara a la gente que viene desde todo el mundo al lugar más feliz del mundo. Sin olor a trago, esperando que se cumpla la hora para hacer "clock out" y virarse a dormir la mona. Hasta que se arme otra fiesta. Chatam Square, el condomino que me tocó a mí, también tiene sus desórdenes. Además de los romances entre departamentos, que una semana después te enteras que ya no existen o que ni siquiera fueron romances, nuestras fiestas diarias y otras (las del ridículo, las de la piscina o las de ir con el disfraz de trabajo, por ejemplo) son increíbles. De una fiesta en mi departamento puedo contar que vi a mi amiga china atracar con dos tipos: una vez la vi entrando al baño acompañada y al rato la vi saliendo del departamento con otro. Demasiado bien acompañada. La misma que dos semanas antes me había contado que su primer beso había sido acá en Chatam. Tenía 22 años. Orlando, miércoles 6 de diciembre de 2000 Los brazos y el cuerpo dentro del carro Antes de ponerse en la fila para el "Space Mountain" o el "Splash Mountain", en Magic Kingdom, hay que pensarlo dos veces. A menos que tengan un buen abogado gringo. Como trabajo para el resort que invierte más plata en medidas de seguridad, cuando recién llegué me inscribí en unos tours que hacen para "cast members" y donde te muestran que la seguridad acá es infalible. Otra idea del lavado de cerebro que, después descubrí, era mentira. A las dos semanas de trabajar en Disney, una de mis compañeras de departamento, la que maneja un bote en "Jungle Cruise", me contó que ese día se había producido un accidente grave en Magic Kingdom. No sabía muy bien qué pasó, pero al día siguiente ya todos teníamos la versión. No es oficial, porque Disney se aseguró de que no trascendiera a la prensa. Y no salió hasta ahora. Por contrato, tenemos prohibido hablar cuando pasa algo así. Lo que pasó fue que en el "Splash Mountain" se murió un visitante con síndrome de Down. Cuando uno se sube a los carritos de esta montaña rusa acuática, te aseguran hasta las malas ideas con correas por todos lados. Pero el carrito empezó a andar y esta persona, de 23 años, se asustó, aunque todavía no empezaba la parte fuerte del paseo. Ante su desesperación, su mamá le dijo que un poco más allá se podía bajar, pensando en hacerle señas a alguno de los "cast members" para que sacara a su hijo. El asunto fue que esta persona discapacitada entendió mal y se trató de bajar. Con la excesiva fuerza que debe haber tenido, levantó el fierro y trató de bajarse en una de las islitas falsas que hay al inicio del paseo (en la parte plana del recorrido), pero no alcanzó a hacerlo y saltó en una de las subidas abruptas del juego. El carrito le pasó por encima y se murió. No sé si la culpa fue de Disney, porque acá no se respetó las órdenes de seguridad que imparten cuando uno se sube. Pero la plata corrió igual para silenciar a la familia de la víctima. En cambio, el accidente de "Space Mountain" fue claramente negligencia de Mickey Mouse y sus empleados. Cuando uno recién llega a trabajar a Disney, te cuelgan de la placa de identificación una cinta roja que dice "ganándome las orejas", para que ante cualquier error cometido nos saquemos el pillo con eso de que estamos aprendiendo. Dura dos o tres semanas, hasta que tu instructor te toma un examen y te aprueba o reprueba. En caso que te vaya mal, se extiende el entrenamiento. No te echan. El caso es que uno de los "ganándome las orejas" estaba aprendiendo a manejar los sistemas de seguridad del "Splash Mountain", que también se suponen infalibles. El instructor le estaba enseñando a aflojar los anclajes de resguardo desde la cabina de control, cuando el paseo se acaba, para que las personas se bajen y luego esos carros vayan a buscar más gente que está esperando para subirse. Pero el alumno se anduvo poniendo nervioso y apenas desaseguró los carros, justo cuando se iba bajando una señora cuarentona, él volvió a bajar los seguros. Resultado: la señora perdió una pierna. Historias como estas no son pocas, de hecho parecen demasiadas en un parque que cobra casi 30 lucas diarias por entrar y que se jacta de ser el más seguro del mundo. Estas dos son las que yo sé que son ciertas, porque cuando algo así pasa se sabe entre nosotros, pero no sale a la prensa. La gente que lleva más tiempo se llega a atorar cuando le pides más historias, siempre bajo la promesa de que no se te vaya a salir. Digamos que crucé los dedos mientras firmaba el contrato. Orlando, 22 de diciembre de 2000 Haciendo más rico a McPato Los buses que nos llevan gratis a todos lados son como los que en Chile pasan por ejecutivos o "semicama", aunque los viajes aquí nunca duran más de 30 minutos, porque se cuidan muy bien de no sacarnos del perímetro de Lake Buena Vista, es decir, lo que es propiedad de Disney. El trayecto más largo es al supermercado. Yo voy los lunes, que por lo general es mi día libre. Llego a las 10 AM a Commons, porque ese día regalan desayuno gratis en el clubhouse, agarro un muffin y un café y espero el bus, que aparece siempre a las 10.10. Así es que después de terminar, se parte a Wall-mart. Como el bus parte cada una hora, se puede optar por correr la maratón de compras y en 40 minutos terminar, para pasar 20 minutos entre colas y alcanzar a tomar el de vuelta a Chatam; o bien se puede tomar el paseo en la turística y recorrer con calma los pasillos que en la primera visita me tuvieron atrapada por cuatro horas. Venden hasta pistolas. Una amiga chilena usa el Wall-mart como cuartel central para conseguir citas. Arreglada como si fuera de noche, se sube al bus y pasa lista. Sus víctimas favoritas son los italianos o franceses. Escudada detrás de anteojos oscuros, "la Bolocco" (en Chile tiene un pololo argentino con el que lleva dos años) empieza a evaluar el mercado. Y mientras echa comidas congeladas de 75 centavos al carro, se dedica a engrupir. Parte con miradas y a la vuelta siempre tiene alguien que le cargue las bolsas hasta el departamento. En la billetera anda con papeles con su teléfono anotado, que reparte como panfletos, por lo que siempre va a saber dónde es la fiesta de la noche. Nunca se vuelve sentada sola en el bus. Cuando recién llegué, pensé que Disney era muy amable al llevarnos hasta al supermercado en esos buses gratis. Después entendí: podemos pagar hasta con el cheque del sueldo (ese que nos entregan cada jueves), aunque esté nominativo, y te entregan el vuelto. Claro, Disney es el dueño del supermercado... y éste es uno de los más caros. Así la plata parece no salir nunca de propiedad Disney. Lo más lejos que llega es hasta Wall-mart, pero igual se devuelve a Lake Buena Vista. O sea que al final esto es como una oficina salitrera: me pagan con fichas para ir a la pulpería. La idea es la misma. Rico McPato también vive en Disney. Orlando, 5 de enero de 2001 Marcos A Marcos no me acuerdo haberlo visto antes de llegar a Orlando. Ni en el aeropuerto, el avión o la aduana. Tampoco tengo claro cuándo nos hicimos amigos, lo único que sé es que ya en la primera semana estábamos sentados en mi balcón con un ron cola en la mano, imaginando la productora que íbamos a armar juntos cuando volviéramos a Chile. La idea era ahorrar todas las semanas parte del sueldo y comprarnos una cámara digital para ir grabando nuestra pega en Disney. A los pocos días nos enteramos en forma brutal que está prohibido andar con cámaras de video en el bolsillo. Yo lo fui a ver a Magic Kingdom y le sacamos una excelente foto a un Pinocho sin cabeza, fumando. La máquina me la quitaron y me perdonaron por ser nueva (mal que mal, aún estaba "ganándome las orejas"). Si no, el ticket de vuelta a Santiago se adelantaba para el día siguiente. Así empezamos a hacernos amigos. Yo lo ayudé a estudiar cuando tuvo que dar su examen para sacarse la cintita roja de recién llegado. Tenía que aprenderse el libreto (bromas incluidas) del "Jungle Cruise", porque era "skipper": manejaba uno de los barcos. Marcos tiene una vida armada en Chile: polola de la que está enamorado, familia, estudios sin terminar. Se suponía que una vez cerrado el paréntesis Disney, agarraba sus cosas y partía de vuelta a Chile; pero cada día que pasa, Chile se ve más difuso para el "skipper" chileno. Desde hace un tiempo, ya tiene llave de mi casa. Para Navidad colgó un calcetín acá y recibió y entregó regalos como si viviera acá. Se las ganó a pura talla y las neozelandesas lo adoptaron. Entre tanta fiesta o comida en la casa, mi compañera de pieza, Dan, empezó a mirar con otros ojos al chileno. Y aunque Marcos siempre hablaba de su polola, el chispazo fue harto fuerte. Así empezaron a andar juntos para todas partes, en plan de amigos. La Dan es la clásica mina cuica. Clasista, no le gustan los maoríes (aborígenes de su país) y cada vez que salimos al mall, hace zumbar la tarjeta que le dio su papá. Se reconoce esnob y está orgullosa de ser de "Central", que es un barrio de Auckland bastante cuico por las reacciones que despierta cuando se menciona entre neozelandeses. Pero es adorable, tiene cara de ángel y siempre anda riéndose del mundo con su ironía disfrazada de inocencia. Un día Dan andaba insoportable. Le pregunté qué onda y no tuve respuesta. Raro, porque en el tiempo que llevábamos viviendo juntas, nos habíamos hecho muy amigas y nos contábamos todo. Esa noche había una fiesta en nuestra casa, por lo que Marcos fue a ayudar a correr los muebles y a instalar las luces y todo. Me fue a alegar que Dan andaba demasiado idiota y yo seguí sin entender nada. Resultado: al final de la noche, Dan se le declaró. Marcos empezó a cambiar de a poco. Se encandiló con la vida fuera de Chile. De un día para otro llegó a avisar que ya no había productora. Ahora los ahorros iban destinados a buscar vida nueva en cualquier parte. Y en eso está, postulando a que le den visa en Nueva Zelandia. Juntando los dólares para empezar lejos. Lo de él y Dan no siguió. Hubo demasiados malos entendidos, peleas, enredos, cartas y papelitos escritos en prosa alcoholizada que aparecían en la cama de Dan o en la de Marcos. Su historia fue intensa, pero se acabó sin que ninguno de nosotros entienda mucho por qué. Miro fotos y se ven bien. En las fiestas me ponen al medio, porque no pueden estar juntos en el mismo grupo. Ahora Dan dice que no puede mirarlo a los ojos porque le duele, porque sabe que igual hay posibilidades de que las cosas se arreglen. Claramente, esta historia continuará en Nueva Zelandia. La mía, en Disney, termina el 27 de enero. Ese día, el paréntesis quedará cerrado.
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