VOLVER AL 4G
Werne Núnez salió del colegio hace 10 años. Aprovechándose de su
cara de bebé, volvió por tres semanas a cuarto medio en un liceo de hombres de Providencia. Estuvo de incógnito, se hizo de amigos, fumó cigarros a la salida y volvió a hacer gimnasia. Con la venia de las autoridades del liceo, ni su inspector ni sus profesores ni sus compañeros supieron quién era. Hasta que lo descubrieron.
Por Werne Núñez
Día 1. Martes 28 de marzo
Celular salvador
9:14 A.M.: Lo primero que me preguntó Andrade fue mi nombre y de dónde venía. Lo
segundo que me preguntó Andrade era si fumaba.
¿Marihuana? Sí, igual que tú no más.
Ah, me dijo más en confianza.
¿Por qué? ¿Movís?
De repente. Cuando querái me avisái.
Llevaba una hora en el colegio y ya conocía al dealer del lugar. O al que se las daba por lo menos. Andrade se me había acercado y presentado solito. Andrade es choro, de los que no usan chaqueta, se sientan atrás y le discuten al profe. Después de decirme su nombre, me interroga. Otro par de compañeros se acercan y me miran con cara de buena onda.
¿De dónde venís?, fue lo primero en decirme.
De Viña.
¿Y de qué colegio?
De ninguno.
El plan de volver a clases es comparar a mis nuevos compañeros con los que había tenido alguna vez. Así que les dije lo mínimo: que tenía 19 años, que había repetido un par de cursos en la básica, y que el año pasado había dado exámenes libres porque me dedicaba a hacer cortos.
El inspector me llevó a tomar electivos. Mi primera clase fue literatura. En la sala, el profe Gallardo después de 10 minutos pasando lista y de 10 minutos haciéndonos callar (no me acordaba de lo ruidosas que eran las clases) sacó una guía tipeada en papel roneo y empezó a leer un poema que se llamaba Estar vivo. Estar vivo, para el autor, era muy parecido a
estar muerto. Algo penoso, depresivo, y hablaba de cosas como la eterna lucha, la espera, las sombras de las sombras y los temores. Parecía carta suicida. Gallardo, que era viejo con pinta de jubilado recontratado, le preguntó al curso de qué hablaba el poema.
Parece un canto a la esperanza, dijo uno.
El autor está inspirado en la alegría de vivir, dijo otro.
Y un tercero, para quedar bien, salió con otra:
Se parece a Gracias a la vida.
Ver a un profe enojado con la estupidez de sus alumnos y un montón de tipos reclamándole
por todo, con amenazas de poner unos y anotaciones negativas, es algo que me había perdido por mucho tiempo. Estaba en eso cuando salió uno que dijo que le parecía un poema escrito por alguien que se quería morir. El profe lo felicitó, pero cuando los mismos que estaban molestando le dijeron que le pusiera un siete, Gallardo se volvió a enojar.
¡Todavía no estoy tan viejo como para que un alumno me diga lo que tengo que hacer como profesor! ¡Yo soy el profesor y yo sabré si le pongo un siete o no! Además, todavía no me jubilo, aunque han querido que me jubile por ahí. ¡Pero yo me voy a quedar hasta que me echen, aunque les moleste a algunos!
Al final, cuando todos cacharon la onda del poema y empezaron a hablar el mismo idioma, la cosa se calmó un poco, y el profe dijo que no se sentía muy bien, y que había amanecido mal de la guata.
10:35 A.M.: Néstor Ansaldo, el profe de Lógica, usa una barba bien recortada y se rasca la pera como todos los profes de filosofía y lógica que conozco. Este parece un mal día para entrar a clases, porque Ansaldo nos dice que toda la materia que había pasado hasta ese día no servía. Que como él era nuevo, el departamento de filosofía le había impuesto pasar
lógica formal, y que él estaba obligado a acatar la decisión. Esto lo repitió como tres veces y parece que le afectaba de verdad. Aunque lo cierto es que al curso no le podía dar más lo mismo. Mejor todavía, así entraba menos para la prueba.
Ya me estaba lateando de sentarme adelante en la sala y de estar solo, cuando sin avisar ni nada Carreño se me sentó al lado. Carreño era el negro del curso, el desordenado, que se peinaba despeinándose, usaba collar de conchitas y andaba con la camisa afuera. Me saludó y se sentó, así de simple. No me preguntó nada y yo tampoco le dije nada. Todo iba bien hasta que, mientras el profe hablaba, sonó el celular. Era el de Carreño:
Aló, sí, hola. Sí, en el colegio. No, no. Cuéntame. Ah, qué buena onda. Ya, chao. Sí, yo también te quiero, chao.
El profe se paró al lado a mirarlo con cara de odio y mientras todos se reían, el Carreño lo apagó. El profe le advirtió que si lo hacía una vez más lo echaba de clases, y el Negro le dijo que estábamos en la era digital y que el celular era algo cotidiano. Puras risas.
Soi caradura loco, le dije.
Es que era mi polola que me llamó pa contarme que el test de embarazo le había salido negativo. Menos mal.
¿Cómo? ¿Y estabas tan tranquilo?
Sí, es que lo compramos anoche, pero le dijeron que era mejor hacerlo en la mañana.
No podía contarle que yo era papá y que justamente lo era por un condoro de ese tipo. No podía. Pero igual traté de enviarle un mensaje, fruto de la experiencia.
¿Y por qué no usan condón?
Es que no me gusta y a ella tampoco.
¿Y tu mina no se cuida, no toma pastillas?
No, dice que se pone gorda y que le salen pelos.
Pero, ¿qué preferís? ¿Andar con una mina gorda y peluda o andar cargando un cabro chico a los...? ¿Qué edad tenís?
Diecinueve, ¿y tú?
Diecinueve también. Y ¿qué preferís?
Una guatona peluda, en todo caso.
Y nos pusimos a reír. Me cayó bien el Carreño. Aparte de que era de los más viejitos, tiraba chistes en todas las clases. Después me contó que había repetido dos veces. Me recordaba a mis viejos amigos, pero más flojo.
Al final de la clase de lógica, y después de aprender la diferencia entre juzgar y razonar y reconocer la esencia de la cosa, el profesor le encargó a uno de los chicos que hiciera una lista de los presentes y que los que no quisieran seguir con él en el electivo pusieran me cambio al lado de su nombre. Era la última oportunidad. Casi todos se cambiaron.
Día 2. Miércoles 29 de marzo
Chaparra para dos
7:30 A.M.: Afuera del colegio hay una placita que da a Providencia en la que se fuma y se conversa antes de entrar a clases. Yo saqué unos Luckies que andaba trayendo en la mochila y me quedé esperando a que dieran las ocho. Me estaba aburriendo cuando vi llegar al Carreño con otros compañeros. Me saludó y me presentó al montón que no me dio
mucha pelota, hasta que saqué mis cigarros. Les di a todos, y más encima, se los encendí con un Zippo. En ese momento me relajé. Más que responder preguntas, comencé a hacerlas. Le pregunté al Negro y su grupo, entre los que estaba el Gato, el Caro y el Jamón Palta, sobre quiénes eran los nerds del curso, quiénes eran los malos, cuáles eran los profes mala onda y qué tal estaba la profesora jefe. Todos opinaron, y me dijeron que me esperara un rato, que en la primera hora iba a conocer al más perro de todos los profesores. También me contaron que la profesora jefe estaba muy rica. La iba a conocer recién el lunes.
Entramos.
8:09 A.M.: Llegó Maldonado, el profesor de Historia. Usaba un terno gris, unos grandes lentes ópticos fotocromáticos y tenía la boca en diagonal, que lo hacía murmurar en vez de hablar. De hecho, le decían Murmullos. Cuando se enteró de que había un alumno nuevo
dijo qué extraño, porque legalmente no se puede tener un taller con 47 alumnos, voy a averiguar eso. Todo con un sonsonete semejante al ruido que hacen los patos. Fue lo primero y lo último que me habló en más de seis clases.
9:20 A.M.: En el recreo invité al Carreño a tomarse un café al kiosko, pero no me pescó. Nadie toma café en el colegio, parece. Lo top es comprar chaparritas, que es una masa de milhojas aceitosa rellena con una vienesa y un poco de queso. Costaba $400 y había que
comprarla a medias. A mí no me tincó, y me tomé un café de todas formas. El Carreño nunca andaba con plata, así que le compré una Coca enana y de ahí no paré de comprarle cosas el resto de los días.
Cuando llegué a la sala, estaban todos con cara de fusilamiento porque había prueba de química. La habían adelantado. Yo igual quería quedarme, así es que me presenté al profesor y le dije que era nuevo, pero que quería dar la prueba. Después de saludarme como militar, habló tres palabras con el profe que repartía las pruebas y me dijo que no, que
mejor me fuera, que hablara con el inspector y que me dejaría salir. Plop. Me fui. Y me quedé con las ganas de invitar al Carreño y su grupo a tomar unas cervecitas a la salida.
Para otra vez sería.
Día 3. Jueves 30 de abril
Popular
8:00 A.M.: En estos diez años sin uniforme había olvidado que el esfuerzo de tomar una micro iba más allá de levantar una mano y tener monedas en la otra. Uno puede ocupar todas las técnicas posibles (mostrar billetes cuando el bus se acercaba, esconderme detrás del paradero, sacarme la corbata, esperar el semáforo en rojo) y aun así nunca te paran. Hoy
tuve suerte. Me paró la micro. Me fui en una de esas que tienen tres puertas. Nos fumamos unos cuantos cigarritos en la plaza (la mayoría míos, por supuesto) y entramos. Le pregunté al Carreño cómo era la profesora de Economía, y me dijo que era de las buenas, y que era
media comunacha, que de repente salía con discursos en los que les contaba que era hija de obreros y que con estudio y trabajo se había superado, y otras frases por el estilo. Para ese día les había dado una tarea que consistía en responder la pregunta ¿Qué hará Lagos para
mejorar la productividad? Ninguno de los del grupo del Carreño la había hecho. Ni el Caro, ni el René de la Vega, ni el Gato, ni el Jamón Palta, nadie. El Jamón Palta era un tipo especial. Vivía en Peñaflor y era hiphopero. Usaba arito, una chaqueta de buzo debajo de la
de colegio y los pantalones dos tallas más grandes, para que le quedaran a la mitad de la raya y se le vieran los bóxers. El Carreño, cuando me lo presentó, me dijo que tuviera cuidado porque era lanza. En broma eso sí, porque ellos dos eran bien amigos. Hacían todo lo que hace la mayoría de los buenos amigos: se insultaban, el Carreño le decía puta a la
mamá del Jamón Palta y éste le decía perra a la polola del otro, se tiraban las corbatas hasta que el nudo quedaba ínfimo, se pateaban, se punteaban, se tiraban papelitos mojados con el tubo de los Bic y se escondían los cuadernos, previo dibujito clásico en la primera hoja.
Eran amigos de verdad.
La clase de Economía fue potente. La profesora explicó el proyecto de ley del seguro de cesantía, y cuando después preguntó si alguien tenía alguna duda, nadie dijo nada. Excepto yo.
Profesora, ¿cuál experiencia es más aplicable en Chile, la europea o la norteamericana?
Mmm, ¿cómo?, repíteme por favor.
Que cuál experiencia, la europea o la norteamericana, es más fácil de aplicar acá en Chile.
Bueno, se están analizando las dos. ¿Quién eres tú?
Soy el alumno nuevo.
Lo cierto es que lo de las experiencias se me acababa de ocurrir. En el colegio, cuando iba en cuarto medio, siempre preguntábamos mentiras, sólo para saber qué hace un profesor cuando no sabe algo. Les preguntábamos por batallas falsas, personajes inventados y
lugares de mentira, y créanme, siempre tenían una respuesta para todo. Ahora igual. Pero a la profesora parece que le gustó tener un alumno nuevo tan participativo. Ojalá que se quede en este curso, sería un aporte, me dijo. Me amó. Se me acercó el Gutiérrez, que era un flaco que usaba frenillos y se peinaba con gomina y me preguntó que si yo era siempre
así. Le dije que no.
9:15 A.M.: En el recreo nos juntamos con el Carreño, el Caro y el Jamón Palta y nos fuimos a comprar una chaparritas con Coca Cola. Yo me tomé un café. Nos quedamos en el patio esperando que llegara el profesor de matemáticas, pero no llegó, así que Carreño se consiguió una pelota con el profe de Educación Física y se pusieron a jugar a mantener la
pelota en el aire, y al que la tiraba lejos o se le caía, todos le pegaban una patada. Yo me quedé apoyado en la pared, tomándome el café, pero la verdad es que me estaba haciendo el leso. Soy demasiado malo para la pelota, y no quería quedar de nerd con los más carreteros
del curso. Me estaba yendo a la sala cuando el Carreño me invitó a jugar con ellos. Le dije que no tenía ganas, pero me insistió. Y ahí estaban los diez tipos más malos del curso esperándome. Tuve suerte: la pelota nunca me llegó y lo único que hice fue pegarle patadas a tres compañeros. Nada une más a los estudiantes que jugar a patearse. Yo ya era uno de ellos.
10:04 A.M.: Me habían dicho que la profesora de castellano se parecía a la sargento Moss de Locademía de Policía, pero no pensé que tanto. Era igual: chica, con carita de mono y con un agudo e insoportable timbre de voz. Ese día teníamos prueba del libro Coronación, de José Donoso, pero la postergamos indefinidamente. Al final, nunca la dimos. De repente,
y a pito de algo que no tengo muy claro, la profe se puso a hablar sobre el entendimiento entre las personas y sobre el poco respeto que los jóvenes tenían por el resto. En eso entró a la sala el Leal, un tipo que había optado por su walkman en vez de comunicarse con la sociedad, y que por lo mismo, no molestaba a nadie. Venía atrasado.
¿De dónde viene usted?, le preguntó la profesora.
Usted me dio permiso, le respodió el Leal.
¿Y por qué me contesta así? ¡Tan agresivos que están los jóvenes hoy en día, andan siempre a la defensiva!
A esa altura, ya nadie entendía nada. De José Donoso nos pasamos a una discusión generacional en menos de un minuto. Pedí la palabra.
Profesora, llevo sólo tres días en el colegio, y en realidad he visto mucha gente agresiva y frustrada...
Claro que sí, me dijo poniendo cara de agradecida conmigo.
...pero son los profesores.
Golpe bajo, pero lo disfruté. La profesora me interrumpió al instante diciéndome que yo no podía generalizar, que todos los profesores no eran iguales, que no nos conocíamos y que a pesar de todo lo que yo pensaba, ella tenía la mejor disposición conmigo. Al mismo tiempo yo gritaba que no había redondeado la idea y el resto del curso le decía a la profe que me
dejara hablar. Tuvo que hacerlo.
En todo caso, le dije, se justifica tanto que los profesores sean frustrados como que nosotros los alumnos andemos a la defensiva. Ustedes tienen una rutina que mata, hablan delante de más de cuarenta cabros chicos que no los escuchan y más encima les pagan poco. Es lógico.
Pero piense en nosotros, que nunca podemos ser ni hacer lo que queremos abiertamente. Si el Leal le hubiera dicho que llegó atrasado porque se estaba fumando un pucho en el baño, usted seguramente lo habría castigado. Y así andamos todo el día y todos los días, actuando
delante de los viejos y delante de los profes, sin poder contarle a nadie que fumamos, que tomamos o que nos acostamos con la polola. Es lógico también que andemos a la defensiva.
Vino un silencio fugaz y estaba listo para los aplausos, pero tocaron el timbre y la profe prefirió pasar materia: el uso de la coma. A los días me enteré que la señora había empezado a averiguar mis antecedentes en la dirección y que le comentó a mi profesora jefe que el chico nuevo era muy grande para el curso y que debería estar en la nocturna.
12:30 P.M.: Después de una larga hora de Historia con Murmullos nos tocaban dos de biología. Con el Negro Carreño y el Caro nos daba lata quedarnos y decidimos escaparnos.
Había que hacerlo por la puerta de atrás, que era más chica, aprovechando que otros cursos salían temprano. El problema es que había un inspector de punto fijo, y mientras más lo pensábamos, menos gente salía y más fácil se hacía que nos pillaran.
Salgamos conversando relajadamente, les dije, como si nada. Esa técnica siempre me funcionó en mi colegio.
Háblame, háblame le decía al Carreño mientras cruzábamos la puerta. Era extraño, pero a pesar de que muchos riesgos no se corren, la adrenalina igual sube. Cuando estábamos afuera lo celebramos con gritos, como gringos al final de una película.
1:45 P.M.: Cuando el Carreño se fue, llamé a una amiga para que me fuera a buscar al colegio. Se llama Paula y trabaja vendiendo máquinas industriales. Me gusta. Es bonita.
Justo antes de que llegara me puse a conversar con el Andrade, el dealer. Nos mentimos un poco, hablamos de los carretes del fin de semana y estábamos en ese ejercicio cuando llegó la Paula. Se paró al frente del grupo, me tocó la bocina, me subí al auto y la saludé con un beso más apasionado que de costumbre. Después me despedí de los chicos con un saludo militar. Confieso que lo planeé todo. Es que era mi día pop.
Día 4. Viernes 31 de marzo
La convivencia
7:46 A.M.: Hay rituales que se cumplen sagradamente. Como el de llegar sin corbata, encender algunos cigarrillos, juntarse a reclamar en contra del colegio y entrar cuando estén a punto de cerrar las puertas. Todo eso pasa a diario. Ese día era el día de la convi. Con una luca se participaba. Con menos también. La idea era salir de clases, comprar algunas cajas
de vino tinto e irse a una especie de bosquecito que estaba en la Costanera a relajarse un rato. El Gato las organizaba y yo me había ganado la invitación después de los numeritos del día anterior. Por eso, y porque teníamos Educación Física, el viernes era un día muy especial.
12:20 P.M.: Se suponía que todo el curso iría a la convi, pero como era también de suponer al final eran casi los mismos de siempre: el Carreño, el Gato, el Jamón Palta, el Caro, el Jano y otros más que no sé como se llamaban. El René de la Vega no iba a las convis, porque no le gustaba ni fumar ni tomar en la calle. Era el único del grupo del Negro que no
iba a esos carretes.
Íbamos felices. Uno es feliz en el colegio. Todos se creen inmortales. A ratos me sentía así. Esto suena añejo y remoloso, pero más de una vez me pasó por la cabeza la idea de que todo sería tan diferente si uno tuviera el carrete de los 26 a los 18. Y ahí estaba, a punto de ir a tomar vino en caja a una plaza acompañado de tipos de 17 y 18, y contento. Había una
sola botillería que les vendía a escolares. Era la picá. Allí fuimos. La marihuana la había comprado el Caro. El Caro era de los pocos que tenía claro qué hacer en el futuro.
Estudiaba en el conservatorio de la Católica y seguiría en eso. Había repetido tercero medio igual que el Carreño, el Gato y el Jamón Palta. Me caía bien, hablábamos de vez en cuando de lo groso que eran los Inti Illimani, los Quilapayún y la animación de la película The
Wall. Al Caro le provocaba conflictos fumar marihuana, decía que la creatividad y que la mente se le tupía, pero que le era imposible dejarla. Fumar marihuana en el colegio es algo mucho más corriente que por decirlo así en mis tiempos. Los que lo hacían cuando yo
estaba en la media tenían muy claro que era malo fumar pitos, y lo comentaban solamente con los partners. Ahora no. Estabas en el fondo de la sala y alguien te gritaba desde la puerta si ibas a poner plata para comprar una empanada o no. Así de simple. Aunque tampoco es jauja. La poca plata que manejan mis compañeros los obliga a compartir dos
cigarrillos entre una docena de tipos. Y aún así, todos quedan muy volados. A algunos les daba la locura y se bajaban los pantalones y los calzoncillos por un rato.
15:35 P.M.: Me fui de la convivencia sin despedirme de nadie. El vino se había acabado hace rato y a esa hora, la conversación estaba girando en torno a Pinochet y lo mala que era la selección chilena de fútbol. Traté de que habláramos un rato del futuro, pero esa palabra tiene un aire a nebulosa y tabú que la hace aburrida para la edad. El Carreño quería ser
profesor de biología, al Jamón Palta le gustaba la ingeniería y el resto vería con puntaje en mano alguna carrera universitaria. Pero a nadie parecía importarle demasiado el tema. Y yo sólo quería dormir una siesta.
Día 5. Lunes 3 de abril
La profesora jefe
8:00 A.M.: Algunos datos que seguramente mi editor no publicará: hoy es el cumpleaños de mi ex mujer, el fin de semana estuvo duro y no tenía ganas de venir al colegio. Amanecí con ganas de emborracharme y pensar en lo mucho que amé a esa mujer y en lo fácil que
fue olvidarla. Mientras echaba los cuadernos en la mochila pensé en llamarla para contarle lo que estaba pensando. No lo hice porque iba a llegar atrasado y no tenía justificativo. Hoy conocería a mi profesora jefe. Desde que entré al colegio que, entre inspectores y compañeros de curso, me contaban lo rica que era la profesora jefe. Algo más: enseñaba
Artes Plásticas, lo que llevó mi imaginación a territorios lejanos y abiertos. El sábado le había comentado a mi amigo que todos decían que la profesora jefe era muy rica, y a él se le ocurrió decirme lo grande que sería si me la engrupía, y la idea me gustó. Fantasía erótica al alcance. Seguramente seríamos de la misma generación y podría mandarme
engrupir con el tema de la pintura y el arte y ella pensaría en lo mucho que sé a mi edad y me encontraría especial y todo eso. Pero esto no es una película de John Cusack, así que, como era obvio, nada pasó.
La realidad era que la profesora efectivamente era rica y tierna (chiquitita, rubiecita, chaleco de lana, camisa artesanal), pero se veía mejor porque enseñaba en un colegio de hombres. Mis compañeros se sentaron en grupo y terminaron de dibujar un zapato, con
lápiz número 2 y en degradé. Yo no me atreví a hacer el ridículo y me dediqué a conversar con el Jano y el René de la Vega, que estaban sentados en la misma mesa. Cuando me había presentado a la profesora, noté que la noticia de un alumno nuevo en su curso le pareció,
por lo menos, extraña. Me miró como cuando uno mira a un amigo que sabe que está mintiendo, pero que no lo puedes contradecir. Ella ya sabía de mí. Cuando se acercó a la mesa para ver cómo trabajábamos en el zapato, el Jano me estaba dando algunas pautas que se usaban para pasar más fácil por el colegio.
No le haga caso a los malos consejos de sus compañeros más viejos, me dijo. No los necesito, le contesté.
Me miró con más desconfianza que antes. Para bajarle el perfil al asunto, le dije que para mí el colegio era muy fácil de pasar: había que ir a clases, leer los libros que dan y no llamar mucho la atención. Hubo un segundo de silencio, hasta que el Jano le dijo lo muy enamorado que estaba de ella y la profesora le preguntó por su polola y éste le contó que lo
habían pateado. No sé cómo empezamos a hablar de las relaciones de pareja con la profesora, pero en un momento me vi preguntándole si era casada, si tenía hijos y si era feliz en su matrimonio. Era casada, tenía un hijo y me dijo que sí, era feliz, pero que tenía sus momentos complicados. Estaba a punto de preguntarle por esos momentos cuando se
dio cuenta de lo que estaba haciendo y me preguntó que cuándo le entregaría el dibujo del zapato. Yo le dije que el próximo lunes, y se fue a otra mesa.
10:45 A.M.: En el Consejo de Curso se pararon adelante el Jano y el Gato, que eran el presidente y vicepresidente, junto al tesorero. Mientras el Jano trataba de ponerse serio, cada intervención del Gato era un chiste. La tabla empezó con un problemita: habían prohibido el ingreso a la biblioteca de Providencia a todos los alumnos del colegio porque
un grupo había peleado con los guardias y habían destrozado algunos libros. El segundo punto fue hacer un acuerdo entre todo el curso para que en las disertaciones de filosofía en las que la mitad de la nota la ponían los compañeros todos se pusieran un siete. Yo les dije
que eso era poco ético, pero como lo dije en broma causó gracia. Después habló el tesorero para que pagaran las cuotas y la profesora amenazó con poner anotaciones negativas a los que se atrasaran.
13:10 P.M.: Con el Jamón Palta y el Carreño nos queríamos tomar unas cervezas. La íbamos a comprar en la picá y tomar en la Costanera, pero me acordé que el Negro tenía 19 y el Jamón Palta 18, así que los invité a tomarse un schop en Bellavista. Ellos pensaban que era imposible que nos vendieran con uniforme, yo les decía que igual nos venderían. Así
fue. Los garzones nos hicieron sentarnos adentro de la fuente de soda, pero ni siquiera nos pidieron el carnet de identidad. Nos tomamos dos schops cada uno. Yo invitaba. Hablamos de peleas en las que habíamos ganado, de las veces que nos habían asaltado y de mujeres
también. El Negro me estaba contando una historia con su polola y le pregunté a qué se dedicaba su suegro que tenía tanto dinero, y me dijo que tenía una fábrica de cocinas que le vendía a Homecenter y a Home Depot. Yo conocía a su suegro, era amigo de mi vieja, y el Carreño había estado una vez en un cumpleaños que mi vieja le celebró en su casa al papá de su polola. Lo conocía y me reconoció.
Yo sabía que te había visto antes, pero en ese tiempo usabas barba, me dijo. Claro, le dije, y traté de cambiar el tema, pero sabía que algo no le cuadraba. Pensé en llamarlo a su casa más tarde para pedirle que no comentara cualquier cosa que supiera de mí, pero no lo hice. En una de esas no se daría cuenta de nada.
Día 6. Martes 5 de abril
Soy artista
8:10 A.M.: Llegué atrasado. El inspector que estaba en la puerta no me quería dejar entrar porque no tenía libreta de comunicaciones. Yo quería entrar porque había prueba de matemáticas. Masoquismo puro. Pero el inspector no quería que entrara, así que tuve que contactar a uno de los dos funcionarios que sabían de mi trabajo para que hablara con el
caballero. Cuando se enteró, me acompañó conversando hasta la sala.
Así que es periodista, ¿y de dónde?
Bueno, este trabajo es para El Mercurio.
¿Y cuál es la idea del reportaje?
Contar lo que pasa en un colegio no más, pero según alguien que salió hace diez años. Una cuestión generacional.
No tenía ningún interés en seguir con el diálogo, no por mala onda, sino que conversar con alguien que sabía que era periodista no me agradaba nada. Estaba a punto de hacer un desvío para el baño, cuando me hizo una profunda confesión:
Sabe, yo aparte de ser inspector, soy artista. Pinto cuadros.
Qué bueno.
Sí, y tenemos un grupo de artistas que nos estamos promocionando y yo quería saber si hay la posibilidad de que nos hagan un artículo, que se publique algo sobre nosotros. Pero tiene que exponer o algo parecido para que haya información.
Si eso mismo les digo yo al resto, que tenemos que exponer primero o si no nadie se va a interesar. Claro, pero por cualquier cosa, llámeme. En todo caso, guarde el secreto hasta que me vaya de aquí.
Por supuesto, no se preocupe.
Ninguno de los dos tenía lápiz ni papel a mano, pero quedó la promesa de intercambiar números.
Día 7. Miércoles 5 de abril
La muela
7:00 A.M.: La noche anterior no pude dormir porque me dolía una muela. Me quedé en la casa de mi vieja, que se encargó de recordarme las muchas veces en que me dijo que fuera al dentista. Como a las 6 y media bajó a despertarme diciéndome la hora que era y lo tarde que llegaría al colegio. No quiero que te hagan problemas para entrar como ayer, me dijo.
Yo le dije que así no podía ir a clases y se enojó.
Tienes que ir al colegio, no puedes faltar. Anda al dentista y después te vas a clases.
Mamá, ya no estoy en el colegio.
Mi vieja es directora de una escuela subvencionada en Maipú.
Día 9. Viernes 7 de abril
La guata delata
8:06 A.M.: Los viernes me tocaba Literatura. Se me olvidó hacer la tarea que habían dado y el profesor me dijo que así no funcionaba el asunto. Estaba claro que el profe Gallardo no estaba pasando por un buen momento. No es casual que escogiera solamente poemas que
hablaban de querer morir y estar cansado de todo.
Hoy fue un día de esos raros. Algo pasaba. O, mejor dicho, ya no pasaba mucho. Los profesores continuaban clase a clase con el mismo genio, con las mismas rabietas y con la misma y abúlica técnica del monólogo frente al pizarrón. Las bromas de mis compañeros comenzaron a sonarme como versiones sobre versiones de cuentos demasiado repetidos.
Jugar a patearse ya no era divertido. Aparte de una que otra conversación de rock con el Leal, las mañanas pasaban cada vez más lento.
9:51 A.M.: No hice Educación Física porque no podía, por esto de la muela. Pero sí aproveché el mal ánimo para darme cuenta de que la guata podría haberme delatado. No era el más guatón del curso, había otros, no muchos, pero había otros. De todas formas, a esa
altura el Carreño ya me decía Pablo. Esto no lo debería contar, pero me pusieron Pablo Mármol, y da vergúenza reconocer que es uno bueno. Me parezco. En el colegio me decían Kiefer, por Kiefer Sutherland, y ahora me decían Pablo Mármol. Los odié un segundo. Con el René de la Vega teníamos un trato en el que él no me decía Pablo Mármol y yo lo
llamaría Elvis en vez de René, que es algo más honroso. Lo importante fue darme cuenta que una ducha en público me habría descubierto. Dicen que la cerveza produce todos esos estragos con el paso de los litros. Sí, creo que desnudarse frente al curso puede haber sido un error.
12:15 P.M.: A la salida, me junté con un par de tipos del curso del Andrade, para caminar juntos al paradero. La placita estaba llena de lolitas y lolitos fumando con uniforme. La mayoría era más chico que nosotros. Uno de los que me acompañaban miró a un par de
niñas que estaban apoyadas contra un muro y me dijo que estaban ricas.
-¿Querís conocerlas? Vamos a hablar con ellas me envalentoné.
No quiso, pero igual fui solo. Mientras más me acercaba más feas las encontraba, pero me acordé de lo guata de lata que uno puede llegar a ser en el colegio, así que seguí. Las experiencias de un adolescente ávido de experiencias casi nunca van de la mano con la calidad. Las saludé. Se llamaban Claudia y Loreto, iban en un colegio desconocido, con
más números que letras, tenían 16 y 15 años y estaban haciendo hora porque querían llegar atrasadas. Iban en la tarde, en segundo medio. Tan tan fácil no es engrupirse a niñitas de quince. Hay que ser divertido todo el rato, casi idiota. Nada de temas profundos ni de problemas de parejas. Cuando se acercaron los otros dos tipos me fui. Quedé invitado a una
fiesta que iban a hacer el sábado en la casa de una compañera de curso. No, no fui. Soy inocente.
Día 10. Lunes 10 de abril
El sospechoso de siempre
7:44 A.M.: El domingo había visto Magnolia. Cuando les conté a mis compañeros de lo buena que era Magnolia me preguntaron qué era eso. Fin del tema.
9:06 A.M.: Para Artes Plásticas la profesora nos había pedido que lleváramos frutos secos para dibujar. Un compañero llevó un ají. Nadie más se acordó, así que fuimos a una plazuela que había dentro del colegio y que tenía un letrero con el nombre de la directora, y recogimos unas hojas secas del suelo. La profesora se acercó a la mesa en cuanto partió la
clase. Quería hacerme algunas preguntas.
¿Y usted tiene apoderado?
Claro que sí, como todo el mundo.
¿Y quién es?
Mi mamá, como todos.
Quiero que venga el viernes.
Voy a preguntarle si puede.
No sé, a mí su historia me parece muy surrealista.
En ese momento, el Jano interrumpió para preguntar qué era ser surrealista. Y la profesora le explicó. El cuento es que ella sabía algo, o lo sospechaba por lo menos. Después me dijo que todo le parecía muy extraño, y que averiguaría quién era yo, porque le preocupaban sus
niños. Yo la felicité por su vocación y me fui de la sala. Estuvo cerca. Más tarde me enteré que había hablado con diez alumnos de su confianza para que me vigilaran en clase y después le informaran de mis actitudes. Esos eran los nerds que se me acercaban de vez en cuando a hacerme preguntas. De todas formas había que sacar las fotos luego antes de que
se descubriera todo.
Para mí que vos estai haciendo un reportaje y nos vai a sapear a todos, me dijo el Jano. Sí, y para El Mercurio más encima le respondí, y los cuatro que estábamos en la mesa nos pusimos a reír.
Después les conté que era informante del gobierno y que era hijo de la directora, y que queríamos sacar del colegio a todos los drogadictos.
12:30 P.M.: En el consejo de curso el Jano y el Gato pidieron que no se fuera nadie porque había muchos temas que tratar. Yo estaba seguro que iban a decir algo así como hemos descubierto a un periodista infiltrado en el curso, ¡golpéenlo! Estaba preparado, tenía mi mochila puesta y el camino para arrancar de la sala mentalmente listo. Pero no pasó nada,
todo lo contrario. La profesora no llegó y la mitad del curso terminó escondiéndose las mochilas y tirándose papelitos mojados.
Día 12. Miércoles 12 de abril
Último día nadie se enoja
8:00 A.M.: A pesar de comenzar el día con la horrible clase de Historia, estaba tan contento como el primer día. En la entrada nos habíamos separado con el fotógrafo para que no se notara nada raro, aunque yo sabía que corrían comentarios cada vez más fuertes sobre el
alumno nuevo. Esa mañana llamaron al Carreño a la oficina del sub director y le hicieron preguntas sobre mí, sobre cómo me comportaba y cosas así. El Negro dijo que le caía bien a todo el mundo, pero que si algo pasaba, él demandaría al colegio. Era divertido ver al fotógrafo en el recreo haciéndome tomas desde lejos. Lo único que esperaba era que no me saludara. Quería salir bien del asunto.
9:25 A.M.: Tenía muchas ganas de estar en la clase de Filosofía. Me habían dicho que el profesor era loquito y que hacía las clases con un par de garabatos entremedio. En la clase hubo disertaciones sobre el método Cartesiano y la revolución de las flores. Después de la segunda disertación me acerqué al profesor y le pregunté si consumió drogas en el tiempo
de la revolución de las flores, y me dijo que una sola vez, pero que le había hecho mal.
10:30 A.M.: En el patio habían montado una exposición con stands de distintos institutos y universidades. También había uno de la Policía de Investigaciones. Yo me quedé en el del Instituto Nacional del Fútbol. Una de las promotoras era una hincha del Audax que siempre sale en la tele. Estaban todos pidiendo folletos de la Chile y de la Católica, a las otras no las pescaban. Uno de mis compañeros quería postular a la Fuerza Aérea, pero me dijo que si no quedaba seleccionado, se metería a Investigaciones y sería bien corrupto, para que valiera la pena. Al Jamón Palta le gritaban que para qué pedía folletos si no le iba a dar el puntaje
para entrar a la U. El Caro estaba apestado. Decía que no estaba ni ahí con todo eso, pero igual lo vi pedir un folleto como escondido.
10:50 A.M.: El fotógrafo se metió a la sala en la clase de Química. Mientras sacaba fotos algunos se preguntaban qué pasaba. Otros le preguntaron a él directamente. El problema era que me sacaba demasiadas fotos a mí. Todo mal. Podía sentir las miradas del Jano, el
Carreño y el Gato. Saliendo de clases me encontré con la profesora jefe, y me llevó a una sala que estaba casi desocupada.
Sé quién eres, me decía al mismo momento en el que llegó el fotógrafo y comenzó a sacarnos fotos. Ante eso, no servía de mucho seguir con el misterio. Primero me tapó con preguntas y después me dijo que le parecía divertido. Yo le dije que no se preocupara, que la idea no era denunciar a nadie en especial, y aprovechó de preguntarme si yo sabía
quiénes consumían drogas en el curso, sólo para ayudarlos. Le dije que no.
12:30 P.M.: El Leal se había ido para la casa igual que el Elvis, así que fuimos el Caro, el Carreño, el Jamón Palta y yo a tomar cervezas. En el camino les conté que era periodista y que estaba trabajando en el colegio. El Caro era el más sorprendido. Al Jamón Palta parecía no preocuparle mucho la diferencia, pero el Carreño fue la sorpresa. Se trataba del tipo con el que lejos había tenido una relación más estrecha, más confidente. Yo creí que sería una novedad para él mi confesión, pero me dijo que ya lo sabía desde el día en que fuimos a tomarnos unos schops a Bellavista, porque así como se acordaba de mí con barba en aquel cumpleaños de su suegro, también recordó a lo que me dedicaba, pero no le contó a nadie.
Según el Carreño, se notaba que yo era más viejo porque gastaba mucha plata en el kiosco y porque siempre andaba regalando cigarros. Y por la manera como me sentaba, que era como suelta. El Jamón Palta me dijo que todos fuman Derby o Belmont, y que nadie anda regalando Luckies. El Carreño me dijo que también se notaba en las preguntas que les hacía
a los profesores, sobre todo en Economía. Y porque tomaba mucho café. El Caro me dijo que de todas formas le parecía increíble estar conversando con un periodista que había sido compañero de curso. Quedamos en no perder el contacto y no usar los nombres verdaderos
en la historia.
Cuando nos íbamos del departamento, el Negro me hizo una pregunta con cara de serio: Y tú, ¿qué opinái de nosotros ahora que estuviste en el colegio?
Nada especial, Negro. Que les vaya bien, nada más.
21 de Abril de 2000
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