Truman Capote, que, hacia fines de 1959, leyó en The New York Times acerca del asesinato a mansalva de los esposos Clutter y sus dos hijos en Holcomb, Texas, tuvo una epifanía: ese "asesinato múltiple y sus consecuencias" sería el tema de su próximo libro.Ya conocemos el resultado: la publicación, en 1965, de su obra maestra, A Sangre Fría.Truman Capote está hoy en todas partes. Capote, una película que es una suerte de making of de A Sangre Fría, acaba de estrenarse -con una excelente actuación de Philip Seymour Hoffman y Catherine Keener-, y en unos meses se estrena otra, Infame (con Toby Jones y Sandra Bullock en los papeles de Capote y Harper Lee). Hace poco se publicaron los Cuentos Completos, y semanas atrás Summer Crossing, la novela que Capote comenzaría a escribir a los 19 años y que luego abandonaría para escribir su primera gran obra, Otras Voces, otros Ambitos. También hay novedades en la novela gráfica: Capote in Kansas, de Ande Parkes y Chris Samnee.Hay varias razones para entender la sorprendente ubicuidad de Truman Capote hoy. Una de ellas tiene que ver con el hecho de que el género que él inventó, la "novela de no ficción" o Nuevo Periodismo, es cada vez más importante. En la segunda mitad del siglo XIX, un escritor norteamericano llamado Edgar Allan Poe soñó buena parte de la literatura del siglo XX al inventar el género policial y el género del horror. Se puede, arriesgando un poco, argumentar lo mismo acerca de la importancia de Capote: en la segunda mitad del siglo XX soñó buena parte de la literatura del siglo XXI al inventar la "novela de no ficción". Por supuesto, el siglo XXI recién comienza y es inútil especular qué caminos tomará su literatura.Las tendencias, sin embargo, indican que, sea cual fuera el camino que tome, uno de ellos tendrá a A Sangre Fría como punto de partida.En Capote, el escritor le dice a su editor en The New Yorker, William Shawn, que a partir de ese libro los lectores lo verían de otra manera. Shawn le responde que a partir de ese libro se escribiría de otra manera. ¿Algo exagerado? Cuatro décadas después, no tanto. La "novela de no ficción" es apenas un género de la cada vez más respetada y diversa "literatura sin ficción". Es difícil pensar que hubo una época en que esta literatura no era tomada en serio. Este año hubo, incluso, un escritor de no ficción en la lista de finalistas al Nobel (Richard Kapuscinski). En la literatura contemporánea en español, nombres notables como los de Juan Villoro, Martín Caparrós e Ignacio Martínez de Pisón han escrito sus mejores obras "sin ficción", y no es casualidad que el gran Rodolfo Walsh de Operación Masacre sea un escritor cada vez más relevante. Entre paréntesis: hubo muy buena literatura sin ficción antes de Capote, pero A Sangre Fría marca un antes y un después. Y está claro que la "no ficción" absoluta es imposible: siempre se cuela por allí, incapaz de dejar que prescindamos de ella del todo, la ficción (por ejemplo: hubo varios detectives que se ocuparon del caso Clutter, pero en A Sangre Fría, en procura de darle mayor claridad narrativa al libro, Capote sólo se ocupa de Alvin Dewey). Ese es tema para otro artículo.Hay otras razones para entender la importancia de Capote hoy.Por ahora, menciono una más: A Sangre Fría es uno de los libros que explora de manera más profunda y abarcadora el lugar que ocupa la violencia en la sociedad norteamericana. Este tema ha atareado últimamente a grandes directores (Lars von Trier en Dogville, David Cronemberg en Una Historia de Violencia) y escritores (Cormac McCarthy en No Country for Old Men). Todos ellos tienen algo que decir, pero ninguno roza la grandeza de A Sangre Fría.Por eso, cuando uno lee en los periódicos sobre el asesinato de los padres de Kara Borden y sobre el adolescente asesino David Ludwig en un pueblito de Pennsylvania, se pregunta cuál será el próximo hecho violento que hará olvidar a Kara y sus padres y David, o si estos personajes de un drama harto familiar en los Estados Unidos encontrarán por ahí a su Capote, alguien que sea capaz de condensar en la historia de sus vidas y sus muertes la tragedia de un gran país signado por la violencia.
No es fácil definir a Truman Capote. Algunos lo recuerdan como aquel hombrecillo chillón y estrafalario que traicionó a sus amigos ¿la crema y nata de Hollywood y de la intelectualidad neoyorkina- revelando los más escandalosos secretos en sus libros y artículos. Otros lo asocian automáticamente a la novela A Sangre Fría, obra que inauguró el género de la novela de no ficción y que se transformó en, tal vez, el mejor retrato de la violencia crónica de los Estados Unidos.Pocos lo evocan como lo que realmente fue: el más talentoso escritor norteamericano de la segunda post guerra, dueño de un estilo y un ritmo narrativo privilegiado que ningún otro contemporáneo suyo poseyó. Pero tal vez la aproximación más exacta sea la que el mismo Truman formuló: "Soy un alcohólico. Un drogadicto. Un homosexual. Soy un genio".Por estos días, la película Capote revive una de las aristas de su poliédrica vida y obra: la que circunda la investigación y redacción de A Sangre Fría, novela que lo consagró, que lo hizo millonario y que también lo condenó.La elección del tema fue, a todas luces, un acierto del director Bennett Müller. La cinta fue bien recibida por la crítica y el público, y el actor Phillyp Seymoutur Hoffman se hizo acreedor del Oscar a mejor actor, por su notable -e imposible- caracterización del enfant terrible de la literatura norteamericana.
Crimen en Kansas
Una mañana de noviembre de 1959, Truman se topó por casualidad con una noticia que cambiaría su vida. En Holcomb, Kansas, un acomodado agricultor, su esposa y sus dos hijos adolescentes (Nancy y Kenyon) habían sido asesinados en su propia casa, a balazos. Los crímenes no tenían móvil aparente y, en un primer momento, no se encontraron pistas que permitieran identificar a los responsables.Gerald Clarke, autor de Truman Capote: la biografía, investigación que sirve de base a la película-, sostiene que, tras leer el artículo, se dio cuenta que eso era lo que había estado buscando por años. "Al leer y releer aquellos escuetos párrafos, Truman advirtió que un crimen semejante era un tema totalmente ajeno a él, un hecho que no podía modificar. Incluso el lugar, una parte del país que le era tan extraña como la estepa rusa, tenía un perverso atractivo. Todo le parecía un descubrimiento", explica. A Capote le inquietaba más que el crimen mismo, la psicosis de terror y desconfianza que podía causar en una comunidad pequeña y aislada, marcada por la monotonía. Llamó entonces al editor de la revista The New Yorker, William Shawn, y le propuso escribir un artículo sobre el tema. Shawn aprobó la idea y casi en el acto Truman se trasladó a Kansas acompañado por Nelle Harper Lee, una amiga de infancia que haría las veces de su asistente.Pero las cosas no fueron fáciles en Holcomb. Su excéntrica apariencia, sus amaneramientos y su voz chillona tuvieron, en palabras de la misma Nelle, el mismo efecto que habría causado un marciano. Pero en la Navidad de ese año su suerte comenzó a cambiar, cuando una conocida familia local los convidó a su casa a pasar la Nochebuena. "Ni que decir tiene que Truman monopolizó la conversación" recordaba la anfitriona-. "En cuanto te olvidabas de esa voz de pito, desaparecía toda molestia. Lo que decía era como si llegase de otro mundo, y nos parecía fascinante". De pronto, invitar a Truman se volvió una moda. Su habilidad innata para conseguir simpatías de desconocidos, había comenzado, por fin, a rendir frutos.El Capote novelista comenzó, entonces, a convertirse en algo que nunca buscó: un paradigma del periodismo. En su nuevo rol, trató de reconstruir la realidad de la manera más fidedigna posible y, para hacerlo, sus únicas armas fueron la observación y el reporteo, realizados con la más extrema acuciosidad. Gerald Clarke explica el procedimiento del que se sirvió: "Ni una sola vez verían a Truman o a Nelle tomando notas. Él tenía la teoría de que ver un block o, peor aun, una grabadora, inhibía la espontaneidad. La gente sólo se mostraría tal cual era durante las conversaciones aparentemente casuales. Cada uno de ellos escribía una versión distinta de las entrevistas del día, y luego comparaban sus notas durante la cena. Cuando les fallaba la memoria a los dos, volvían a preguntar lo mismo de una manera ligeramente distinta. Llegaron a hablar con la misma persona hasta tres veces durante un mismo día".
Amistades peligrosas
En eso estaban cuando se produjo la detención de los asesinos; un hecho que cambió radicalmente el carácter del proyecto. En el momento en que se produjo la captura de Dick Hickock y Perry Smith (el 30 de diciembre), Truman estaba terminando de recopilar testimonios para un relato que, en un principio, iba a ser breve. Pero con los homicidas identificados y tras las rejas, ese material no serviría de nada, si no conseguían entrevistar en profundidad a los criminales.Para hacerlo, Truman debió mover todas sus influencias, y sobornar a más de una autoridad. Después de varios intentos consiguió, por fin, carta blanca y libertad de acceso para entrevistarse con los inculpados. De ese modo pudo cultivar una relación con Hicock y Smith, en especial con este último, con quien intercambió correspondencia y desarrolló una por momentos- extraña complicidad.El escritor creía ver en este hijo de una cherokee alcohólica y de padre irlandés, todo lo que el mismo pudo llegar a ser, si hubiese tomado una serie de decisiones incorrectas. Su madre también era alcohólica, a su padre sólo lo vio un par de veces en toda su infancia y pasó su temprana adolescencia en algo parecido a un orfanato: una escuela militar, donde sus modales le hacían blanco fácil de los abusos de sus compañeros.Pero tal vez la semejanza que más los acercaba era su pequeña estatura. Smith era un tipo robusto, pero un accidente deformó y acortó sus piernas, de manera que sólo era un par de centímetros más alto que Truman.Su personalidad ofrecía también un perfil fascinante. Devoraba los libros que llegaban a sus manos, y subrayaba las palabras que no entendía, para ampliar su vocabulario y para luego emplearlas (casi siempre de manera incorrecta) en sus conversaciones y cartas. Se creía amable y considerado. Antes de asesinar al agricultor Herbert Clutter, acomodó su cuerpo en un colchón, preocupado por el frío suelo del sótano, y luego procedió a degollarlo sin emoción. "Pensé que era un señor muy amable. Muy educado. Lo pensé incluso cuando lo degollé", le confesó a Truman.Cuando Perry culpaba a su desgraciada niñez por todo lo que había hecho, Capote le respondía indignado que él había tenido una de las peores infancias del mundo, y que sin embargo era "un ciudadano bastante decente y respetuoso de la ley". Una opinión que, hacia el final de su vida, no muchos compartían. Tal vez ni el mismo.
La horca y el látigo
La espera de cinco años que demandó A sangre fría terminó por agotarlo y sumirlo en algo más que una depresión. Sentía un vínculo real con Dick Hickock y Perry Smith, y decía conocerlos tanto como a sí mismo, pero las constantes apelaciones y medidas dilatorias, terminaron con su paciencia. El libro no se publicaría, y el tan anhelado reconocimiento no llegaría sin la horca de por medio. Finalmente, la ejecución fue programada para el 14 de abril de 1965.Perry le imploró a Truman que intercediera por ellos para conseguir un aplazamiento, a lo que el escritor contestó, con un escueto telegrama: "No puedo visitarte hoy porque no está permitido. Tu siempre amigo, Truman". Por supuesto, mentía, y los condenados se dieron cuenta. "Perry y Dick fueron ejecutados el martes (...) Fue una experiencia terrible. Algo por lo que no quiero volver a pasar. Un día te contaré. Si puedes soportarlo", escribió a un amigo.Gerald Clarke cuenta que para Capote este caso y su desenlace le provocaron un insoluble y doloroso dilema moral. Sin embargo, el monumental éxito que alcanzó la novela desde el primer día de su publicación, le hizo olvidar pronto ese sinsabor. Un año más tarde, Truman ofrecía, para celebrar su éxito, la fiesta más glamorosa y despampanante del siglo: el Baile en Blanco y Negro. Un evento de máscaras donde asistió lo más selecto del Jet Set estadounidense y europeo. Henry Fonda, Henry Ford, Lauren Bacall, Frank Sinatra, Mia Farrow, Andy Warhol y muchos más, dieron vida a una fiesta que muchos compararon con las que daban los emperadores en la decadencia del Imperio Romano.Veinte años más tarde, en el ocaso de su vida, solo y virtualmente desterrado por el jet set y la clase alta, Truman evocaría, una y otra vez, todas las traiciones que tanto le costaron, y que sin embargo le permitieron construir una obra, tal vez inmortal. En el prólogo de Música para Camaleones, una de sus últimas publicaciones, da cuenta de ese conflicto existencial: "Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio".
Realidad y ficción. Las técnicas de un camaleón.
Lo que más impresiona de A Sangre Fría no es la incorporación de técnicas revolucionarias o de recursos rupturistas. Por el contrario, el libro fue escrito en una tercera persona clásica, en la que el autor se margina absolutamente de la acción, pese a que en muchas ocasiones fue parte de ella. Lo que sí hace de esta obra una pieza única en su tipo, es el tratamiento de la información en un relato que pretende ser el fiel reflejo de una historia verídica.Con esto quiso demostrar que el relato no imaginario puede ser tan ingenioso y original como la ficción pura. En su opinión, la razón de que el periodismo fuese considerado como un género menor estribaba en que casi siempre lo escribían reporteros poco preparados para explotarlo. "Sólo un escritor que domine completamente las técnicas narrativas puede elevarlo a la categoría de arte", confesó en una entrevista de la época.Se jactaba de que A Sangre Fría podía estar escrita como una novela, pero que aún así era "impecablemente verídica". "Uno no puede pasarse casi seis años en un libro cuyo objeto es reflejar los hechos con exactitud, para luego permitirse la menor distorsión", alardeaba.Con todo, acusa su biógrafo, Capote se permitió algunas licencias. No quería poner el punto final de su libro en las ejecuciones. Debía terminar con una escena un poco más alegre, a modo de epílogo. Pero como en los hechos no pudo sacar ninguna feliz conclusión, se sintió obligado a inventarla: un encuentro casual en el cementerio entre el agente que investigó el caso y Susan, la mejor amiga de la asesinada Nancy Clutter. El mensaje es claro... la vida continúa, incluso entre los muertos.
Review Lenovo Tab 4, nueva gama de tablets
Hace 7 años
No hay comentarios:
Publicar un comentario